Una tarde, un puerto al oeste.

El pesquero acaba de llegar, son casi las nueve, pero aquí, al oeste, el sol duerme tarde. Las gaviotas chírrian de un lado a otro dando bandazos entre mástiles. La maniobra es complicada, se trata de apoparse al muelle y empezar a cargar los aparejos, kilómetros de ellos. Suenan gritos y hierros, se menta a los dioses. Lo dicen todo las caras, se viene de días de navegar, pero no se para mucho en tierra. Lo justo para cargar aparejo nuevo. Hay gente cansada, las cosas no salen del todo bien. Hay nervios, el patrón baja de la cubierta y dirige a los marineros en el muelle para que la red ande bien hacia el huso gigantesco que la va recogiendo. El tolo, tonto, del muelle, vive su ilusión de erigirse en director de la maniobra, siempre esta ahí y todos le respetan y entran en su juego o le dan consejos suaves para que se aparte, para él no rige la tensión o la mala leche del momento.

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Casco de hierro puede indicar Gran Sol o costa de Irlanda. Vete a saber cuando volverán. Siempre que puedo me acerco a sus maniobras en el puerto. Las capturas son curiosas para cualquier urbanita, pero verdaderamente lo que me llama son los personajes. Especiales, entrañables en los ojos pese a su físico duro, curtido y en el que ya atisban demasiadas horas de cubiertas batidas en el Atlántico. Pero vuelven a partir, se alejan doblando el faro Vilano. Huyen del «mal da terra». Ese mareo que les entra cuando llevan más de dos días en tierra firme y que acaba con ellos en la cama, hasta que vuelven a partir. Hay una novela que te hace ver de otra manera a esos hombres rudos y aparentemente vulgares y es «Gran Sol» de Ignacio Aldecoa.

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