El peligro de refranear.

Paseo por la pequeña población cercana a la aldea donde me recogen cada verano. Un poco de asfalto y tiendas no me irá mal. Aquí un supermercado sin niebla, allá una sucursal de la Caixa, una oficina municipal con Wifi. No sé, algo como de ciudad. Luce el sol después de la lluvia. Me embeleso contemplando un aparador de lo que alguna vez fue una tienda. Al otro lado del vidrio una gran mesa con dos mujeres, cercanas a la sesentena, charlan entre ropa plegada, una radio. Van pausadas, hablarán de sus cosas. Un ruido persistente e inconfundible, el de una muleta metálica repiqueteando cadentemente el asfalto. Es un hombre mayor, delgado, casi enjuto. Apura el cigarro a fondo y mantiene la caldera de la casi colilla reluciente. Se aleja mientras contemplo a las dos mujeres y lamento no llevar mi cámara encima.
Llego al bar de la carretera. En su inmensa barra solo hay un hombre de espaldas. Aparece el dueño al momento y mientras abre una botella de Ribeiro blanco y fresco me indica done están los horarios de los autobuses que te llevan a la capital de provincia, a una ochentena de kilómetros de allá. La lista esta justo en una columna junto al cliente del Ribeiro. Le saludo, me contesta y al llegar a su lado veo que el cliente es el vapor de nicotina con muleta que me avanzó en la cuesta y  que la tiene entre sus pies y se dispone a atacar la copilla sin prisas pero con deleite labial.
Hecho el primer trago me mira, amable, y espeta: “Apunte bien los de la mañana, a veces se equivocan”. Le agradezco la indicación y le contesto con un refrán: “Dicen que al que madruga Dios le ayuda”. Sonríe escéptico y me replica: “Estuve cuarenta y cinco años madrugando para trabajar, pero Dios no me ayudó, me partí la pierna, no por un sitio, por dos. O sea que los refranes, la mitad son mentira. . . por lo menos”. Le acepto totalmente su pronóstico, amargamente comprobado por él. Me contesta diciendo: “Usted ya sabe que quiero decir, verdad ?”. Ese “verdad ?” con el que los gallegos suelen sellar el acuerdo del interlocutor aunque le pongan una interrogativa, sus ojos siempre buscan la complicidad por encima de la entonación. Me voy pensando que los refranes son leyendas urbanas del medievo y me juro no usarlos sin pensarlo dos veces.

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