La vida misma

Judías verdes amargas para la burocracia sindical.

De un sindicalismo que se entregó al couché hace años y que decidió convertirse en «responsable», qué firmó los Pactos de la Moncloa, que aceptó abaratar el despido hasta el regalo, que pujó por las jubilaciones anticipadas con un «es lo máximo que hay». De la verguenza de los cierres de los Altos Hornos de Sagunto, de mirar muchas veces para el otro lado mientras el ladrillo medraba por doquier con hormigón de accidente laboral. A ellos, a los que fueron «responsables» y pidieron calma, diálogo y negociación, reventaron huelgas, depuraron disidencias, se cobraron patrimonios de la guerra en forma de dinero y edificios (excepto la CNT) y dijeron que había que abandonar las «viejas prácticas» (es decir: nada de huelgas), les preguntaría que queda hoy de todo aquello que defendían y de lo que ellos han ejercido como anestesista letal.

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¿Para llegar a esto no hacía falta la alforja del acomodamiento, de la burocracia y la onfaloscopia de ver como crecía el patrimonio del sindicato y revertía, en los cargos y en los permanentes que hace veinte años que no fichan ni para jugar al parchís? Esta es la lección: El sistema que ellos han contribuido a apuntalar se les caerá también encima. Claro que ya nadie va con boina y bicicleta a trabajar y que el obrero antiguo ha pasado a ser un consumidor puro y la palabra proletario suena a marca de café. En las afueras de las ciudades hace décadas que crecen polígonos y a su lado casas pareadas de muro alto, perrillo y conexión a empresa de seguridad, da lo mismo Charleroi que Jerez, Nimes o La Spezia, el mundo cada vez es más igual y más aburrido en la vida del consumísticismo global. Currantes encerrados, vidriosos y meditabundos, sentados en un sofá hecho con cuatro chavos y embalado en Rawalpindi, en una vivienda que sus hijos aún habrán de pagar si les queda algo despues de sus exequias, pensando que la carpintería metálica, el parqué y el coche japonés o germano les han hecho llegar lejos.

Más que los presuntos «idiotas» de sus padres o abuelos que lucharon de sol a sol, levantaron casas, quemaron juventud, hicieron huelgas, gritaron en la calle o tuvieron miedo, o nunca hicieron huelga, jamás lucharon y sólo intentaron ser dignos de lo que pensaban o creían. Pasaron hambre de una posguerra y valoraron lo poco que consiguieron, pero jamás pensaron en nada más que una muerte suave, una vejez con judía verdes por las noches. Pero el sueño del imbécil con hipoteca embelesado ante un aparador relleno de tecnologia y un auténtico casino donde todo se puede comprar con un trozo de plástico, desde la entrepierna de una rusa, el culo de un riojano o una web cam para espiar a la asistenta emigrante, está empezando a acabarse. Se ha roto el vidrio y los sindicatos que les van a proponer a los currantes de Frigo, Motor Ibérica, SEAT o aledañas? Pues volver a la jaula del sofá con algun dinerillo y quemar veinte años para ver hasta donde somatizan y darse cuenta que ese dinero no alcanza ni para la verdura.

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1 Comentario

  1. De quién es la foto?

    pon referencias, porfi…

    🙂

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