La vida misma

Diario de La Graciosa (8): El naufragio y los sueños.

Aquello que a veces fantaseamos, lo que intuimos en sueños o leímos entre libros se nos aparece de repente. Apagué la luz a las dos de la mañana después de releer por tercera vez «El mal de Montano». El autor me deja en la isla de Faial (Azores), en el bar Sport, cantando el himno de la guardia suiza con una cuadrilla de balleneros y navegantes que recalan a tomar una buena cerveza portuguesa. Conversaciones de naufragios, heroicas travesías. Justo hacia las nueve de la mañana me despierto para asomarme al ventanal, saludar a los riscos y ver como pinta el día. Me quedé atónito, helado, justo en la playita de delante de mi casa eventual, la suya también, había un catamarán inglés embarrancado. Por su tamaño los daños podían ser considerables. aqui la roca no es nada arenosa, es pura lava solidificada, cuchillosa y arística.

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Los tripulantes estaban aparentemente bien, pero el golpe físico de la nave y el psico-económico era potente. En las rocas se podían observar restos laminados de más de dos metros de fibra de vidrio. Era la prueba de que al subir la marea entraría agua. Hemos desayunado contemplando el trajín de autoridades de rescate y sanitarias. Pero lejos de ese momento, casi les engañaría si no les dijera que desde el primer instante la palabra era naufragio. Y un naufragio es precisamente uno de los elementos de la trama central del libro sobre la isla de Ignacio Aldecoa. El naufragio altera la vida local en el libro y la alterado hoy. entonces los extranjeros eran los chonis, lo de guiri no estaba en vigor. Nunca pense en contemplar un embarrancamiento y menos en La Graciosa y menos ante la casa, como primera imagen del despertar.

Desde las tres de la tarde los navegantes deportivos que suelen recalar en La Graciosa, pescadores locales y casi toda la población nos hemos lanzado a la arena para aupar la difícil maniobra que consistía en tirar dos largos cabos, arrastrados por un pesquero y tratar de remolcar al puerto el maltrecho monstruo. Ha sido laboriosa, la marea, la pericia de los pescadores locales y un atrevido buzo del astillero local, sin neoprenos eh, han conseguido sacarlo despues de más de dos horas de tentar a la suerte y a la voluntad de la roca cortante.

Todos hemos ido al puerto y hemos seguido la ceremonia de llegada al astillero y su extracción de las aguas para una reparación que se intuye dura. Luego las bromas, las risas, los cigarros y las palmadas reconfortantes para el patrón y sus tripulantes. La gente de La Graciosa ha estado magnífica, cà lida y precisa. Todos estábamos contentos de un buen final. Pero no pude evitar esa conexión que tienen las letras y el tiempo. No se si rigen mi vida, mis casualidades o simplemente, como Montano, estoy enfermo de literatura y ello me hace incapaz de vivir las cosas con lo que se llama normalidad, pero me voy a descansar pensando que es así y que no deja de ser casual que yo les hable del libro de Aldecoa hace unos días, que lo releo alternando con Montano de Vila-Matas, con placer y sin prisa, encontrando nuevas cosas, enlazadas algunas con historias de la mar y ayer, de frente, encontré delante de casa un catamarán con chonis en La Graciosa al que el mar había empujado hacia los jables de la punta del Tabladillo.

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