La vida misma

La noche en que perdí el World Press Photo

Una madrugada de cervezas fuertes me desemboca en una solitaria plaza de Montcada i Reixac. Mi compañero de copas y trabajo mira al final de la calle y parece que se otea la sombra de un autobús. Más que nunca una lanzadera hacia mi casa, como alguien que viene a recogerme a mi mismo vestido de ET. Abrazo a mi amigo, saludo efusivamente al conductor, el autobús viene vacio. Empieza a columpiarse vertiginosamente entre polígonos y callejas, urbanizaciones, barrios dormitorio por mi nunca visitados. En la cuarta parada, en una bajada tremenda, el conductor frena y aparecen dos adolescentes subsaharianas. Rumbosas, pechillenas y de curvas redondeadas me enseñan sus dientes y antes de sentarse una de ellas lleva su dedo gordo de la mano al centro del pantalón medio bajado y me muestra la hucha de su culo más allá de la mitad. Las dos lanzan un alarido risonante y yo pongo cara de cura de provincias (o sea cura que ya vió muchos culos). Una nueva parada hace subir a dos dominicanos epatantes y vocialtos que gritan para contar «como le comieron el morro a la vieja de la hermana mayor» gritando cada vez más, para entenderse entre el ruido atronador de su movil que vomita un rap extraño y sudaca. Un chavalillo escuálido va a bajarse antes de entrar en Barcelona y saluda a los dos negritos ruidosos.Un tipo saca discretamente un cuchillo demasiado largo para ser de mesa, arranca dos hojas del Marca y limpia la hoja, lo guarda todo en su bolsa del «Congreso de Cirugía torácica». Alucinante.

Son parias de la noche a los cuales esta les confunde, lo suficiente como para pensar que el telón de la oscuridad cierra la mierda cotidiana. La noche les transforma y eso se nota. Entrando en Barcelona un señor chino muy bajito entra acarreando un pesado carro de la compra y detrás una señora china, de hechuras leonesas y con un avanzado embarazo le sigue. Las dos subsaharianas hace varias paradas que duermen a pierna suelta. En Fabra y Puig montan una joven de transparencias reventadas por dos pechos que parecen naturales y fuente de negocio importante, a su lado el mismo tipo que suele acompañarlas, un chaval moreno, e unos veinticinco, pinta del este, mucho oro y un vocabulario relleno de consonantes complejas de pronunciar para nosotros. Llegamos a la plaza Catalunya, son las dos y pico y justo delante para el N3, en la entrada un grupo de danesas Erasmus se tambalea de sangría y fotos con Flash, el conductor me pide fuego, se lo doy y me dice: «Ahora cuando acabe el cigarro se acaba la fiesta y todos para casa». Detrás suyo un par de ositos gay panzudos se soban con delirio. Tomo lugar en el nuevo N3, miro al techo y me acuerdo de la última frase que me dijo mi amigo Pere: «Es una pena que no lleves la camara porque cuando llegues a Barcelona habrás pasado por todas las razas y mundos, acabas de perder el World Press Photo». Y tenía mucha razón.

También puede gustarte...

1 Comentario

  1. Seguramente con el nivel de cervezas, tampoco habrías conseguido un buen enfoque…

    .P

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.