Si caes no vuelves jamás.

No es un deporte, ni una temeridad infantil, no es la nueva moda USA, es el retrato de como la miseria lleva, no ya al hombre, sinó al niño; a la expasperación, la de morir o no morir de hambre. Para ir a trabajar cada día, para percibir un salario que permita comer hoy arroz y mañana poder ver el sol. Se levanta pronto. Aprovecha las nieblas matinales para colocarse en el enganche entre vagones. à‰l, como millares de sus compatriotas bangaldeshíes, aprovecha los resquicios de los vagones de carga, los salientes oxidados o cualquier cosa que le sirva para apoyarse. Cobra 200 takas (20 € al mes), el tren le costaría 15. No hay opción. Lo mismo le ocurre a su compañero de al lado, del cual aparece el brazo en el extremo derecho de la imagen. El tren, tantas veces mito contemporáneo, artilugio expendedor del desarrollo económico, civilizador hercúleo de músculos de acero y vapor, invasor de praderas y lugares aquí ejerce de maldito, de croupier a todo o nada, ofrece transporte a cambio de juego mortal. La cara de nuestro viajero no ofrece dudas: si caes no vuelves jamás. Un abismo definitivo.

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