PALQ (14): A solas con la Cantante Calva.

Miraba a través de sus ojos azules, era una una mirada franca, clara; no se si producida por la actitud vital o porqué la misma vida, cercana al epílogo, sedaba a mi interlocutora.

Hay algo que inocula paz, luz, en la gente de edad larga. Son esas tardes en que se les pone a tiro el recuerdo, lo despellejan de nostalgia y son capaces de mostrar las carnes abiertas, sin pudor ni regocijo pero suelen ser vehementes:

-Siempre fue un desgraciado, un pobre macarra de acera, este bar es su despacho, ya ves las jaleas que se trae por aquí, ¿viste la chica del otro día?, se levantaba y le costaba llegar recta al baño. No iba colocada, van colocadas hace años, son putas, las explota, vive de ellas, es un cabronazo. Es chusma.

-Señora Luisa ¿está usted segura?, a mi ya me parece raro, creía que vendía chocolate, porros o algo así, me lo imaginé camello, pero tanto no lo pensaba.

La cantante calva sonreía con agudeza y retranca, cruzaba habilmente la parte inferior de los labios. Era un signo de escepticismo y pillería.

-Yo conocí a su madre, doña María, buena mujer y vecina, pero hijo, se dedicaba a lo mismo pues alquilaba habitaciones. Aún recuerdo, por los sesenta que se oían gritos por el patio, luego un silencio. Yo era jovencita, me asomaba al patio de luces y ¿sabes qué veía?: menores, muchachas colgadas en las tuberías del patio, donde los desagà¼es hacen una uve, ahí, agarradas, algunas en bata. Un año cayó una, era el cuarto y se espachurró como un tomate contra el suelo, salpicó la sangre hasta el segundo, y en esa finca hay entresuelo y principal. Dijeron que se había suicidado porqué estaba mal, la policía hizo la vista gorda.

Hizo un alto, miró en derredor, paró de desespinar el rape con colitas de gamba de Palamós, así lo anunciaba la carta, y me dijo, bajando la voz:

-No ves que este era un barrio de polis y chivatos, con los cuarteles de la Plaza España al lado, los grises . . . ellos venían a su casa a meterla de gratis y aquello no era de húespedes, era una casa de putas y punto. Ella era una andaluza creída y decía que tenía una residencia”, pero era una pensión de mierda. ¿Entiendes ahora?, es tradición familiar.

Y dio una risotada gorgoritante, sacó la lengua con fruición y acabó atacando el primer taco de rape no sin antes darle una ovación y vuelta al ruedo por el aceite, que se antojaba delicioso, de la fritura de las gambas.

-Señora Luisa, por sus comentarios la veo a usted muy republicana.- Ahí se puso seria, yo pensé que acababa de meter la pata hasta el cuello, pero su rictus divertido me tranquilizó.

-No nen, servidora es libertaria de por vida, para mi no hay vacunas, no tengo cura.

Salí de La Pineda tras despedirme amablemente, no había vuelto desde mi retorno, pero comprendí que debía ir más, sin Chozas, ni Rana por delante había terreno que trillar, pero la conversación me acababa de dar una señal: Rana no era policía, debía ser un confidente de primera división y punto.

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