La vida misma

PALQ (18): El piloto del avión que iba a Barcelona

A medianoche vomité la cena que me había empapuzado. Esto me produjo una íntima alegria pues creí que era el prólogo de un buen sueño. La taza se abría ante mí y yo me sentía en una cloaca, casi fundido con la mierda que estaba echando. Pensé que mi vida era miserable de veras desde el día en que decidí llevarme por mi voluntarismo cristiano y estúpido que no me había creado más que problemas. Decido llevar una cierta vida de barrio y me encuentro pillado entre mi pasado político y un enredo que no fue lo que parecía. Me siento un literato desgraciado y amateur, un imbécil integral que deseoso de coger datos y hacer unas observaciones de campo acaba pillado por una situación pantanosa. Decido salir a la playa a andar, no es que el tiempo ayude mucho, mar movida y algo de aire, pero qué coño, es aire fresco y tal vez me desvele algo más.

Me cruzo con una tipa que hace footing, pero se la ve de fin de semana, no está mal. Me doy cuenta que hasta me he alejado de las mujeres, que todo el día pienso en esa historia, que vivo poco para mí y que esta situación de volver al barrio y despedir mi prejubilación trasladándome a una agencia cercana me ha llevado todos los problemas del mundo. Y me doy cuenta que ha sido otro impulso desmedido y nuevamente motivado por un subidón literario.

El verano anterior a estas decisiones, que han precipitado tan nefastos encuentros, me dejé seducir por el final de la novela de Paul Auster: Brooklyn Follies”. Me maravilló la historia del jubilado que acaba de superar un cáncer y decide acabar, separado ya de su mujer, sus días en Brooklyn. Aspira a algo plácido, a ver y vivir ese orgullo de barrio newyorquino, donde la gente cree formar parte de una élite ciudadana que por encima de todo se identifica con su entorno. El protagonista de la novela disfruta de tiempo, observa, ve, come y se enamora de la atractiva camarera de una pizzeria, en sueños oníricos se la lleva a las sábanas. Todo es plácido hasta que la llamada de su hija, recien liberada de una secta, le permite recuperar a su nieta; la amistad con un librero gai, la participación en sus negocios, la muerte de este, la irrupción de su sobrino. Todo se dispara y en la tensión entra en urgencias aquejado de fuertes dolores en el pecho, ve cercano su final, se siente orgulloso de sus últimos años.

Pero el diagnóstico es solamente una pequeña crisis de angustia y de nuevo respira el aire de la bahía de Nueva York, camina feliz entre los puentes. Al comprar el periódico advierte que es once de septiembre y sobre él pasa un avión de pasajeros en dirección a las torres gemelas, algo muy extraño. Me sedujeron las posibilidades de cambios en mi vida a partir de un espiral de decisiones en las que el protagonista ni siquiera interviene. Y ese ha sido el boomerang que la vida me ha lanzado. Solo hay una pequeña y nefasta diferencia: No he vivido, desde que llegué al barrio, ninguna cadena de hechos sobresaltantes y enriquecedores. Me he visto en una ciénaga de desatinos concomitantes que me han arrastrado hasta esta basura y debo hacer algo, algo, pero siento que no puedo del todo. Mientras cavilo un avión pasa en dirección al aeropuerto cercano del Prat. Y se me ocurre pensar si no habrá a sus mandos un tipo aceitunado dispuesto a estrellarse contra el edificio de la polla de Barcelona, aunque yo escogería el de La Caixa con el Corte Inglés al lado y me doy cuenta de que, las letras, a veces me siguen haciendo tanto daño como favor.

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