Una tarde de otoño escribiendo en la cocina.

La casa entre los olivos me repara del ruido, me hace observar, me apacigua. Es un lugar común a los lugares de nuestra vida, a veces se nos hace imprescindible. Cada vez que asoma el otoño se me pone cara de algarroba y algo me hace volver, abrazar a sus árboles, palpar a sus aceitunas que cuelgan atrevidas. Luego disfruto de escuchar el viento batiendo los impeltes y ese silencio en el que solo habla el monte y que a veces rompe el búho o como en esta noche la lluvia hace sonar el xilofón de las tejas, entre esas paredes profundas de piedra te resistes a dormir pues sabes que hay una música propia, especial. Las mañanas siempre te deparan una sorpresa de color, de luz, visitas las variedades de cactus, te saluda una procesión de libélulas, acuden mariposas anaranjadas crepitando al vuelo escaso, deseosas de acabarlo antes de que se extinga su breve reinado de colores. Y no  puedes evitar susurrarles a sus antenas que tengan una buena mañana que vayan más allá y llamen a otros de los suyos y se marchan destempladas, nada obedientes, o se acuerdan de su cometido antes que una flor las distraiga y se vuelvan insumisas para siempre.

A media tarde el ruido entre las bayas delata la distracción del perro del cazador que andaba por las bancadas, a lo lejos suenan tiros, parece que la veda se abre. El podenco se me queda mirando sudoroso, despelujado de matorrales, le miro a los ojos y se marcha, tenemos cosas distintas por hacer. Yo seguiré con mi libro y mi cámara, él anda vaguada abajo, habrá visto algo, le deseo toda la suerte del mundo a ese algo y ninguno para el esclavo del Neandertal que sigue agujereando el aire a perdigonazos. Ese lugar es un puerto de abrigo, un espigón de afecto, construido por el amor de dos amigos que desde hace años, generosamente, lo ofrecen a quién tenga a bien disfrutarlo. Es ahí donde hemos escrito muchos Ous y nos hemos reencontrado con la fauna y la flora de la zona, tiene muchos más encantos de los que asomen en ese texto pues es un nido pétreo y acogedor que integra los trocitos de fuera en la decoración interior, respetuoso con ese lugar y afectuoso con quienes lo pueblen provisoriamente. Eso solo puede ser obra del amor. Por ello le dedicamos devoción, cariño y por eso se nos antoja que esas palabras y esas imágenes siempre serán nuestra declaración de amor a ese rincón. Paraíso para nuestras percepciones.

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