Bitácora de Rosa (2): Yo, él y Petain, Burgos 1938.

El otro día se le olvidó al compilador un detalle: cuando aparecieron los italianos en lo alto de la Avenida de la República Argentina de las casas empezaron a salir gentes con flores, sí, con flores, y se las iban entregando a a los soldados italianos. Y ya veís, esas eran las familias catalanas del barri de Sant Gervasi, me dio una gran verguenza, como catalana, ver aquello. Tras atravesar media España llegamos a Burgos. Antes nos detuvimos a comer en Nájera. Todo lo que vimos nos parecía más antiguo y provinciano que la propia Barcelona. Nos alojamos en casa de una familia burgalesa. Nos advirtieron que había mucha escasez, las cartillas de racionamiento estaban a la orden del día. La casa era grande y muy fría. Nos quedamos en las oficinas de Intendencia Estatal con unas máquinas de escribir muy antiguas para época y montones de papeles para gestionr, cosas de almacenes, convoyes, proveimiento a tropas. No era mucho trabajo, pero a las ocho de la mañana debíamos entrar. El mando de las oficinas era a cargo de un general catalán, un tal Fernández, con nosotras, pese a saber nuestro origen, era seco y adusto y jamás nos dirigió una sola palabra en catalán.

Mi amiga Carmen Mercader y yo estábamos muy fijadas en un alferéz alto y bien plantado que pronto se nos acercó para ayudarnos. Cualquier problema que teníamos nos ayudaba: “No se preocupe Rosita, yo se lo soluciono”. Al parecer era bilbaíno e hijo e una pudiente familia. Allá decían desconocer de donde provenía la fortuna de su familia y solo se decía: “fabricantes”. En Cataluña esta expresión la asociábamos siempre con la gente que se dedicaba al textil y a la confección. Como la casa donde estábamos nos empezó a dar mucho asco, con sus escarabajos dando vueltas por los fogones de la cocina, y decidimos instalarnos en el hotel Sabadell. Siempre tardábamos mucho en cobrar. Allí todo el mundo ahorraba bastante o lo que podía. La verdad es que Carmen y yo añorábamos mucho nuestra família y no entendíamos  el tipo de vida que se llevaba allí. Esto nos distanció de la gente en la oficina. Al parecer nos tenían envidia algunas compañeras porque los militares empezaron a hablar bien de las “catalanas”. Una vez el Coronel del almacén dijo que harían una oferta de paletillas de jamón para los funcionarios. Nosotras comentamos que no las cogeríamos pues tenían poca magra. Se borraron todas de la lista después de correr el chivatazo de. “Las catalanas han dicho que no”. Otra cosa que destacaría de esa estancia es el famoso plato único de verduras con merluza del norte, buenísima.

Un día, el alférez bilbaíno dijo que dentro de dos días llegaba Franco y que el general Petain vendría en representación de Francia y sería uno de los primeros gobiernos europeos en reconocer al de Franco. Me invitó a la ceremonia, podríamos estar en la puerta de la Capitania General con los militarotes y curas que hacían bulto. Le dije que no podía ir, pero él me respondió : “Esto lo arreglo yo, Rosita”. Y lo arregló. Yo me emperifollé con mi modelo bueno y allí estaba, entre falangistas y cardenales u obipos. Todos con el brazo en alto vimos llegar a Petain mientras sonaba el himno francés. petain se cuadro a cinco metros de nosotros. Se le veia ya viejo pero digno, elegante, como aristócrata. No tenía la misma pinta de chusquero que muchos de los españoles. Lucía un espeso bigote blanco.

Pasaron los meses, se acercaba el varano y la nostalgia de Carmen y yo iba en aumento. Decidimos volver a Barcelona y al día siguiente nos propusieron ir a trabajar al Ministerio en Madrid, un poco más adelante. Yo decidí partir y volver con los míos. carmen llorano me dijo que quería probar. Y vaya si le fue bien, con el correr de los años se convirtió en secretaria del Ministro de AAEE Martín Artajo. Con Carmen jamás perdimos el contacto en toda nuestra vida. Yo volví a Barcelona y me ocurrieron tantas cosas . . . ya os iré contando solo lo resumiría diciendo que me acuerdo de aquel frío tremendo, de aquel buen militar, de Carmen y de que creí haber vivido en un ambiente que no tenía nada que ver con mi vida anterior y no me gustó. Como cada vez nos fueron gustando menos cosas de Franco.

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