La vida misma

Umberto Eco y «El cementerio de Praga»: un vericueto fascinante.

De las lecturas que el verano riega de generoso tiempo para recorrerlas hoy les propongo la obra de Umberto Eco “El cementerio de Praga”. Me da un cierto respeto abordar una novela de Eco. Todos conocemos la densidad de “El péndulo de Focault” o la complejidad, exquisita, de “El nombre de la Rosa”; con todo y esto la acción y centro de “El cementerio de Praga” sigue respondiendo a los parámetros de su autor. Es rigurosa, diría que exhuberantemente culta. La rigurosidad proviene de la voluntad del autor de sumergirnos en ese convulso periodo que va de la Italia de Garibaldi hasta las puertas de la revolución rusa. Se transita por a comuna de París, las consecuencias de la revolución de 1848, el caso Dreyfuss o los incipientes experimentos de Charcot en la Salpétriere que crearan interrogantes en el joven Freud.
Una Europa convulsa con imperios que se desmoronan, países como Italia camino de la unificación y un tráfico constante de intrigas, informaciones, secretos y grupos de presión como la iglesia, la masonería, los jesuïtas, agentes rusos, austro-húngaros… el fresco es impresionante y a él hay que añadir la presencia notable de los judíos europeos.
El ritmo es trepidante y pasa por alto hechos históricos oficiales, va directo al trasiego de conspiraciones y a la emisión de rumores, a las formas de predisponer la agitación pública y a la forma de hundir políticos o encumbrarlos. Pero lo más curioso es como se fabrican las informaciones, las intoxicaciones y mentiras o el tráfico de documentos destinados a una dirección concreta proponiendo incidir usando factores opuestos justamente al fin que se persigue. Es contemplar como quienes, en ese momento, mueven las marionetas de la vida pública y la opinión hacen funcionar el guiñol.
Hay escenario, hay marionetas pero faltan los hilos que muevan un guión. Es ahí cuando entra la figura magistral de Simonini, el protagonista. Un falsificador de documentos excelente, de solvencia contrastada pero que además tiene la virtud de hacer unas propuestas de guionización a sus “clientes” que rozan lo inverosímil pero de una eficacia probada, en ello tiene la mano rota, sin decoro, sin ambajes. Simonini suele proponer a sus clientes audaces piruetas manipulativas que lo encumbran a trabajar con distintos servicios secretos, todo un maestro.


El protagonista tiene en París una tienda de objetos usados aparentemente lujosos y escasamente frecuentada. En ella va descubriendo que habita un abate que en cierto paralelo va reescribiendo y dando su punto de vista sobre lo que es el inicio de la acción: cuando Simonini, temeroso del olvido y el descuido que te va llevando a la muerte, decide que ya es hora de escribir una especie de memorias o diario en el que se ejercita sobre el recuerdo de su pasado. Un juego atrayente para el lector.
Pero Simonini, habituado por su oficio de impostor de palabras, hechos y papeles duda un día sobre si el abate, disfraz que utiliza en numerosas ocasiones, és él u otro con el que convive sin verse. Toda la obra en sí se diferencia totalmente de lo que hoy se llama “novela histórica” y es que los hechos son rigurosamente ciertos. A partir de un relato de su abuelo Simonini vende a distintos grupos y potencias esa imagen que le quedó grabada: la reunión en el cementerio de Praga de los rabinos más importantes de Europa y sus 10 propuestas para crear un caos en Europa favorable a sus intereses. Refleja la larga tradición antisemita del continente de una forma obsesiva, como así fue o es aún. Simonini es un rufián de altos vuelos y llega a hacerse odioso con sus manipulaciones y su glotonería, su misoginia y su capacidad para desconfiar de todos. Y nos recuerda como entre nosotros han florecido los Simoninis. El libro ha despertado una furibunda controversia entre la comunidad judía ortodoxa y la iglesia católica. De hecho es recoger la historia de la creación de falacias documentales contra el pueblo judío.

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