La política.

Los partidos políticos ya no hacen política. O, la política importante, la que merece la pena, no se hace ni se puede hacer, ni se podrá hacer con los partidos. Como todos sabemos, en los partidos no hay nadie. Ni una neurona por aquí, ni una neurona por allá. Ni un rastro de corazón, de sangre, de vísceras, de emociones. Esta constatación, permanente y terca, conduce a dos corolarios. Por un lado, si necesitamos política, y la necesitamos más que nunca –véase el segundo corolario-, ¿cómo podemos hacer algo digno de tener el nombre de política?

Segundo corolario: si los partidos ya no hacen política, ¿quién toma las decisiones? Los poderosos. Los que mandan, los enterados, los que saben, los que están en el ajo. Y todos esos, no hacen política en el buen y noble sentido de la palabra. Lo que hacen es aprovecharse de todo lo que les rodea para mantener y expandir sus obsesiones –mundanas, en la mayoría de los casos- sus pasiones, sus intereses. Véase si no, el mercado-casino financiero y sus consecuencias catastróficas para buena parte de las personas. Sus flatulencias por una indigestión salen caras. Pero son ellos quienes les dictan a los partidos “lo que hay que hacer”.  Miren si no la “liberalización del mercado eléctrico”. Intenten adivinar qué carajo es eso y luego comparen su factura bimensual de hace un año y medio con la de ahora, mensual, y echen cuentas. Los poderosos hacen la política realmente, los partidos no hacen política, siguen instrucciones. Las personas, ¿las personas? Las personas, ¡hostia, si me he quedado solo!

                                                                                                                                                                                                                                                     Rafa Madariaga

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