Café con crisistaminas y Nespressofilias.

Esa hora del café, la que sea del día, en el momento preciso o no, en que uno decide envenarse un poco de cafeína es un peligro, simplemente porque ya no es lo que era. El que fue motor de ese rito ancestral se está convirtiendo en el mejor de los antídotos de la comunicación: la conversación, el saboreo de opiniones, el relato de anécdotas, tantas, cuantas cosas hemos sabido de nuestra vida tomando un café. Han nacido negocios, conspiraciones e idilios; golpes de estado, estafas o atentados. Como tertuliante de café, adicto confeso y enfermo de los sabores me decanto por la opción clásica: aromático humeante y no le hago feos a ningún “blended” venga de donde venga. Arábigo o etíope, turco o “italiano” sus sabores ponen la lengua a punto para darle gustillo a lo que pensamos. Todo solía ser así hasta que aparecieron dos factores desestabilizantes: la crisis de los mercados y los “Nespressos”.

Mark Ryden

En un mundo de vida rápida, polvo rápido, reunión rápida y otros desatinos veloces quedaba el café de la taza, el de la máquina, el de la vieja cafetera con moho y hollin que no se lavaba para dar más gusto, para no perder sabor. Y fue la búsqueda del sabor lo que lanzó a Nestlé a invertir en la que algunos economistas definen como la operación de I+D de consumo realizada en la última década: convertir el atractivo por el café en una fuente de ingresos despiadada y cierto que lo consiguieron. Me sorprendió ver en mi ciudad las conversaciones sobre variedades de cápsulas, sabores y la lógica competencia, esa de “yo siempre compro más barato” o “mi maquina es más precisa y además permite hacer . . .”.

Debemos añadir a esta situación el contagio mediático total que campa por las tertulias cafeteras: cuñados al borde del despido, empresas que cierran, comercios orientalizados, acciones, dinero negro, la deuda, la duda segura sobre las pagas futuras ocupan un lugar que solo durante dos días desplaza el fútbol. Solo queda la alternativa de crear un club al estilo londinense, con sillones de orejeras, unisex por descontado y con cojines aterciopelados y una ristra de prensa con las mismas nuevas que abominamos, pero con una perspectiva distinta. En un mundo Rajoy será posible esto?, no, no se asusten pero lo mento porque ya nadie habla de ese rotundo enterrador del PSOE y de más cosas, la crisis viene ya con la espuma del café y todos la mentan con rictus de dolor. Hay lugar para el optimismo?. Pues miren, eso solo lo creo si usted ha vivido otra vida, ha pasado otras parecidas y se ha reencarnado en votante hispano de vocación europea o por el contrario se ha leído Farenheit 451 o La carretera entre otros títulos que le permitiran como se puede llegar a cero y subir de nuevo. Yo mientras conservo esa ceremonia en mi deambular por este valle de deudas y voces lamentosas. Y es que una vez más la literatura puede salvarnos y echen a la hoguera las autoayudas. Cada vez entiendop mejor a Antonio Gamoneda cuando frunció el ceño y se mostró indispuesto permanentemente para ser académico. La razón no era la distancia, era mejor: “Los jueves echo mi partidita de cartas”, con café, seguro.

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