El Rey y la bandera por los suelos en un mismo día. ¿Alguién lo interpretará?

Parece mentira que en plena época de las tecnologías se hayan perdido algunas de aquellas costumbres ancestrales en los pueblos indoeuropeos y escandinavos. ¿Qué se ha hecho de los augures? ¿Donde han ido a parar aquellos tarotistas que se dedicaban a asesorar a los pudientes?, ¿Adonde fueron la noche del diluvio tecnológico quienes leían en las entrañas de los animales el futuro que venía?. Siempre desee vivir en la antigua Grecia, por muchas cosas: por el ideal de belleza, de democracia, por las discusiones en el Ágora, por la sensualidad de sus costumbres o por sus cornezuelo del centeno, padre primigenio e iniciático del LSD.


Perdonen por ello que no quepa en mi cabeza de presunto ciudadano de esta polis amoratada y derrotada llamada España que nadie haya interpretado dos fenómemos en un mismo día que atacan simbólicamente al corazón de nuestro país. No son dos imágenes cualesquiera: la primera es un rey cayendo por sí solo y dándose de bruces en la puerta del generalato del Estado Mayor de la Defensa. Hincando los hocicos al tratar de hacerse el ágil, el de los pies ligeros, ante quienes están por debajo de su corona. La turba coronesca que le acompaña trazó de inmediato un círculo en su derredor para evitar la difusión de las imágenes más penosas del anciano monarca, una vez más, con la nariz ensangrentada y la cara con muescas del noble granito que suelen besar los derrotados.
La segunda imagen me acongoja más: En el centro de Madrid un hombre arrogante y autoritario decidió instalar la bandera de España más grande del mundo en peso, altura y superficie roja y gualda. Era un exceso patriótico en un país que nunca lo fue tanto, era una exhibición quasi adolescente de una falicidad (de falo) exhuberante. Pues bien, el mismo día que el monarca besó la tierra a la que hemos de volver todos la gigantesca bandera de la plaza de Colón se desplomó por los suelos arrancada de su mástil y dicen que quiénes por allí pasaban se santiguaron agradeciendo la intercesión de los dioses, en forma de mano ventiscada, que dio lugar a que semejante peso patrio no les cayera encima. Les diremos que no se pudo reinstalar a la primera y que hicieron falta tres intentos, ejército incluido, para restablecer la enhiesta bandera a los aires del mundo.

Sin duda son dos hechos capitales que nadie se atreve a interpretar, pero los augures existen y están para algo. El ejército, el monarca, la bandera y el orgullo de un Aznar recalcitrante o el concepto de nación, todo por los suelos en un solo día y nadie al otro lado para hacer una lectura de los hechos. Cuando apareció la loba de dos cabezas, en lo alto del templo de Marte, una mujer advirtió a César, los idus de marzo, de que el peligro mortal le acechaba. El día fijado por los augures César se dirigía al senado y fue al encuentro de la mujer que le auguró y le dijo: “Hoy es día de los idus y no ha ocurrido nada”, la mujer le respondió algo así como: “… el día aún no ha terminado augusto César”. El se fue al senado y un corrillo de senadores entre los que estaba su propio hijo lo asesinó. Bandera por los suelos, nación ensuciada, rey trastabillante . . . veremos como siguen los signos de los dioses, los idus aun no han acabado de mandarnos señales y estamos en agosto. Bendita sea la hepatoscopia que practicaban los babilonios y los mesopotámicos.

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