La vida misma

Invitación a la desobediencia.

Son casi las diez y deambulando hacia casa me encuentro a M. Ella vive dos manzanas más abajo de mi casa. La conocí hacia 1974, pero no podía conocerla. Era la persona encargada de recoger la recaudación para los presos políticos de un barrio de Barcelona. Yo llegaba con otro compañero, hablabamos de gilipolleces mirando alrededor no hubiera ningun pasma, luego, en descuidos del dueño de aquella mísera bodega del barrio de las putas, le entregábamos la recaudación y hasta dentro de dos meses. Al cabo de un año esa acción, como le llamábamos entonces, dejó de realizarse. Fue el tiovivo de la casualidad que nos volvió a poner frente a frente, a través de un amigo común, habían pasado más de diez años.

Ella vino a vivir a mi zona y coincidíamos varias veces al año. Formó pareja con una amigo y tuvieron un hijo. Nueva casualidad del destino: fui el maestro de su hijo. Siempre nos hemos ido parando en la calle y en alguna fiesta y hablando de todo. El día que les refiero fue hace muy poco. Me cuenta que su compañero ha sido despedido después de 35 años en una empresa del sector ofimático. Están animados, «seremos más pobres» pero la veo optimista, se lo digo y me confiesa que hoy, en su trabajo de enfermería acaban de aprobar en asamblea «desobediencia» a las nuevas normas dictadas por la Generalitat, que no quieren renunciar a sus derechos y seguirán luchando por material de curas a los pacientes, que no quieren perder sus días de libre disposición y que no piensan renunciar a sus derechos. Alegre, alguién que siempre ha sido militante activa, me muestra su sorpresa por como la gente ha aceptado la idea y los riesgos de llevar a la práctica la desobediencia y lo analiza como una muestra de la necesidad de la gente de responder ante tanto apabullamiento. Nos despedimos con el beso de siempre, apretándonos fraternalmente las manos. Me alegro de dos cosas : la resistencia y resiliencia que aún queda en muchos de nosotros y me apunto a la idea de la desobediencia.

Desobediencia o desobediencia civil se define como el acto de no acatar una norma que se tiene obligación de cumplir. La norma que debería obedecerse es, por lo general, una norma jurídica, o en todo caso cualquier norma que el grupo en el poder considera investida de autoridad en el sentido de que su transgresión acarreara inevitablemente un castigo.1 La desobediencia puede ser activa o pasiva. El término «civil» hace referencia a los deberes generales que todo ciudadano debe reconocer, legitimando así el orden legal vigente. En otras palabras, «civil» indica que el objetivo principal de la desobediencia es traer cambios en el orden social o político que afectarían la libertad de los ciudadanos.

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