Sombras en el balcón hipotecario.

El pasado 26 de octubre, un hombre de 53 años, que llevaba en paro cuatro años, se tiró por la ventana de su vivienda enBurjassot (Valencia), también cuando ibaa ser desalojado. Un día antes, José Miguel Domingo, de 53 años, fue hallado muerto en el patio interior de su domicilio, en el barrio de la Chana, en Granada. Poco después, aparecieron en la vivienda los agentes que iban a desalojarlo.En ese balcón de Barakaldo no estaba ella sola, estaban ellos, los que la empujaron al vacío. Ese vacío había comenzado meses o años antes con los vericuetos que el destino económico y personal le procuró. Son transparentes los personajes del balcón, no salen en los espejos, no los recogerá jamás una fotografía de instanada, no, es la codicia exacerbada, la rapiña más deshonesta de la banca nacional; engordada por la precariedad de a quienes les dejaron sin nada, robustecida por los recortes salariales continuos y el expolio fiscal a pequeños empresarios y el cómplice silencio de los partidos políticos. No ha sido nada nuevo, ya llevamos tres suicidios y nadie había movido pestaña.

Solo que está vez ocurrió en un lugar socialmente beligerante de antiguo: Barakaldo. Y no ha sido más que la respuesta y la protesta popular la que ha obligado a políticos a decir que “se tomen medidas”. Hipócritas, ya lo sabían antes, ya ocurrió, se callaron. Ahora se sienten obligados a dar un paso falsamente humanista y a esperar que el revuelo se apague. pasado mañana volverán a las andadas, es lo suyo: con tal que cuadren las reservas lo demás es solo cuestión de miserable estética. ¿Cuando se aprobará el pago por dación?. Solo nos hubiera gustado que cualquiera de los suicidas hubiera hecho honor a este microrrelato de Gabriel García Márquez:

“…el drama del desencantado que se arrojó a la calle desde el décimo piso, y a medida que caía iba viendo a través de las ventanas la intimidad de sus vecinos, las pequeñas tragedias domésticas, los amores furtivos, los breves instantes de felicidad, cuyas noticias no habían llegado nunca hasta la escalera común, de modo que en el instante de reventarse contra el pavimento de la calle había cambiado por completo su concepción del mundo, y había llegado a la conclusión de que aquella vida que abandonaba para siempre por la puerta falsa valía la pena de ser vivida”.

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