La segunda hipótesis: Garzón se pide un Martini seco a dados.

Es un lugar tranquilo de la sierra salmantina. Cerca del embalse de Fermoselle Baltasar arrienda la casa de un empresario local: Villa Samantha. Allí, el hombre que según Pilar Urbano “siempre veía amanecer” se reposa seguro, sabedor de que su paradero es desconocido. En la moderna casa diseñada por un afamado arquitectillo de los famosos Baltasar se despereza, ya no ve amanecer, hace meses que duerme tranquilo. A lo sumo algunas gestiones sobre el caso Assange centran su actividad diaria. La línea es clara UDEF—Garzón—-Wikileaks. El juez tiene en su poder la libreta de Bárcenas hace muchos meses. Tiene más libretas, pero a esa le rinde un cariño especial, es pura goma-2 en los sótanos de Génova, se sabe a salvo de muchas cosas y prepara su retorno a la política. No hay prisa. El retiro le estimula: mucho tiempo para enebrar el hilo, el patchwork contra el PP se va trenzando. Por si acaso los chicos de Julián Assange tienen copia y órdenes concretas.

Y es que Baltasar se está dando un premio de los buenos: contemplar el campo de batalla y ver retorcidos a sus verdugos, despedazándose entre sí y con problemas jurídicos. ¿Qué más podía desear? Pues más, desea más y hace cálculos para el lejano o no tan lejano día de su reaparición. Gürtel, que significa correa en alemán, ha dado un quiebro en el aire y se vuelve contra sus demandantes. Le duele saber que Camps sigue paseando su sonrisa blancuzca y su friso de lengua que despunta en un extremo de los labios, le repele esa imagen, pero sabe que él, Baltasar, no podía ganarlo todo. Ahora llama a Daisy, la doncella, le pide un Martini blanco a tacos con poco hielo, estira las piernas encima del ABC, pone Intereconomía en su pantalla y sonríe. Espera poder hablar de todo ello con Julián.

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