La vida misma

De cafés y camareros (1): Homenaje a Ramón de la Bohemia.

Uno nunca pudo conseguir entrar en las tertulias del café de Gijón. No solamente por pertenecer a una casta lejana y presuntamente inferior, sino que se jugaban tiempos y momentos distintos. Tal vez porque seamos hijos de la tertulia, nietos de casino y café con partida de cartas; nuestro ADN lleva algo de todo aquello. Suntuosos balnearios del palique donde se hacía la disección de un gobierno, se empalaba a más de un artista o se pedía rabo y orejas para la chica de las siete. Aquella, la que siempre se citaba con un muchacho , al cual desposeíamos en sueños del título de pretendiente en ciernes, alegando cualquier malformación en su galantería, pura envidia.

Hoy quedan pocos de aquellos antros, han sido restituidos en forma de modernillos remedos entre mesón de tapas con mollejas o paellas crionizadas en un polígono castellonense. Hoy los chinos han sustituido a aquellas nobles instituciones de la bandeja, los reyes del servicio, engominados camareros con olor a Floid y uñas impecables, consejeros si el cliente lo permitía y chispones cuando era necesario. Sí, se mueren los cafés, nos caen las cafeterías. Fueron vilmente sustituidas por los snack-bar y ahora son un mal remedo de todo aquello.

Tal vez sea ya material para mis memorias, pero déjenme citarles un camarero de la cervecería Bohemia de Barcelona. Un hombrón profesional, un rey de la sala que nos guardaba siempre una mesa en el ángulo más lejano de la puerta. El hombre que sabía demasiado de nuestros trasiegos políticos clandestinos y nos acogía sempre con una sonrisa espléndida sin dejarnos de largar la broma más estulta. A las horas en que solíamos reunirnos el salón, de escasa luz, era un lodazal de parejas sospechosas de vínculo relativamente legal. La proximidad del barrio Chino barcelonés y el hecho mismo de su poco ambaje de vatios le hacían un lugar proclive al besuqueo y a la insinuación. Nosotros no, eramos simples estudiantes y currantes pretendidamente vestidos de «pijos» de la época que hacíamos nuestras reuniones de célula.

Fue un 12 de septiembre de 1973 cuando el camarero pasó a los altares de nuestra excelencia. Apenas a doscientos metros de la cervecería saltó una manifestación espontánea contra el golpe de estado asesino de Pinochet en Chile. Pero alguien se había chivado y las fuerzas especiales de la Policía Nacional franquista empezaron a repartir estopa sin dilación. Lanzamos sillas a la calle, contenedores, interrumpimos el tráfico de la Avenida del Paral.lel. Les lanzamos de todo parapetados una cincuentena de personas, empezaron a disparar balas de goma. Huímos Ronda arriba cuando ante nosotros justamente se abrió la persiana y apareció él, Ramón, nuestro ángel de la guarda particular. Esperó el paso del tumulto y nos llamó con un gesto: «Chavales, aquí». Dejó entrar a dos chicas llorosas y a nosotros temblando de miedo. Aquel día Ramón nos volvió a salvar de una buena. Días atrás nos dijo que había «calamares recien rebozados», significaba que había policía secreta en el local. Con las décadas se cerró el local, no sé que habrá sido de Ramón, yo ya no soy nada clandestino, de momento, y siempre cuando visito un bar o una cafetería mantengo los tics de entonces, de cara a la puerta, cerca de una salida y escudriño camareros deseando que aparezca Ramón.

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