La vida misma

Bangla Desh no está tan lejos.

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El derrumbe de un edificio ayer en Bangladesh, que albergaba cinco talleres de confección, acabó con la vida de al menos 300 personas y causó unos 1.000 heridos. En el día de hoy, 62 personas han sido rescatadas con vida de entre los escombros, pero se calcula que al menos 400 personas podrían seguir atrapadas. No deja de ser una paradoja globalizadora. No nos llamemos a engaño: el miserable sueldo mensual, a los ojos occidentales,es toda una bendición para miles de familias que tienen un puñado de arroz que llevarse a la boca. Ahora, cuando los periodicos occidentales nos presentan el ejemplo de esas condiciones miserables se olvidan de poner a pie de página la de miles de mujeres europeas que trabajan en las mismas condiciones: ilegalmente, más de sesenta horas semanales , sin ningún tipo de garantía social y por supuesto sin ninguna prestación social cubierta. Los hay, no solamente son «chinos» y son lo que ayuda a mantener en el filo del hambre y la pobreza a miles de famílias españolas. Por ello nos parece hipócrita la denuncia que la prensa ejerce, digna y reconocible, este fin de semana, pero no nos estaría de más una lista de los casos similares que se producen en muchas localidades del sur español y que son pasadas por alto por la miopía de muchas instituciones locales. De no ser por ese tipo de chiringuitos ilegales la revolución rusa ya se hubiera reproducido en Europa. Y parece una coincidencia que eso ocurra a las puerta de un 1 de mayo. Hace unos años escribíamos sobre ello. La tragedia una vez más cae sobre Asia como sucedió en Bhopal y nadie ha hecho nada. Bangla Desh no está tan lejos, la tragedia laboral ya habita entre nosotros.

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