A los que naufragamos en El Desencanto.

Jamás una palabra influyó tanto en la vida de nuestro país como el título del maravillosos documental de Jaime Chavarri producido por Elías Querejeta. “El desencanto” nos precipitó al interior de un álbum familiar en el cual los protagonistas hacían una autopsia en canal de su propia vida. pero los Panero no eran una familia cualquiera. Los Panero eran el producto del matrimonio de Leopoldo Panero, poeta brillante del franquismo y su esposa, Felicidad Blanc. Precisamente felicidad y su hijo pequeño, el incorregible Michi Panero llevan la cinta de la mano de sus diálogos imprevistos, elegantes, literatos y cáusticos. La madre es un polo de atracción magnético desde el primer momento, un pozo de delicadeza y seducción a la cual los hijos reprenden sin ninguna elegancia ante la cámara. Asomarnos en 1976 a los interiores de una familia modelo culta, con patrimonio y pasado franquista a la cual le crecen hijos que se beben la vida en todos los sentidos, militan, escriben, son internados, experimentan todas las sexualidades reprimidas y que a las puertas de la cuarentena hacen un balance trágico de la vida. Les recomiendo la cinta, vivamente, en medio de aquella España franquista y católica el desencanto subraya mejor que nada la mierda escondida detrás de la moral derechista de su medio ambiente, de los que contemplábamos como la propia familia iba desgarrando las hojas de su álbum.

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A muchos de mis amigos y lectores que hoy van por los treinta con inquietudes maravillosas les recomiendo esa cinta para entender a los que fuimos esperanzados en los setenta. El Desencanto fue un aldabonazo de interiores que nos hizo ver la descomposición de la familia, la mentira de las rectitudes morales que coartaban, o lo pretendían, acabar con nuestra libertad. Y el impacto residía en que no estábamos hablando de política, o de cosas y libertades generales e ideologías, no. Era la madre en la picota, las relaciones al microscopio incierto del reproche, llorar sobre las imágnes del pasado, descubrir que la vida es una y que tu tiempo pasa a veces con la incomprensión imposible de los que gobiernan tus afectos. La cinta se abre con unos planos delatores: la inauguración, en 1970, del monumento que la ciudad de Astorga dedica al poeta Panero. Ahí aparece el fantasma que se pasea por toda la película, la sombra del padre, envuelto en una lona blanca, los planos de Felicidad Blanc y sus hijos a punto de ver una imagen que les atormenta, el padre autor de la casa, del apellido impositor de autoridades y órdenes que la cinta descubre que han sido completamente violadas. Felicidad Blanc hace un ejercicio de madre y poder excepcional: culta, distinguida, aún bella y segura ante el objetivo dispuesta a encajar todo aquello que sabe que va a salir.

Luego esa palabra la aplicamos al timo y la estafa de la transición política. Rompimos el álbum de la familia, nos fuimos a vivir plagiando a Kerouac, a Sartre y a mayo del 68. Emulamos las teorías de Wilhem Reich, sembramos afectos y dimos la vuelta a muchos mundos de forma analógica. Paseamos por el psicoanálisis y la terapia. Flirteamos con todo tipo de saberes, nos hicimos amantes de la filosofia y aparecimos en la puerta de los dioses para rendirnos a la teologia, la simbología y la mística, nos recogimos a un lugar apartado para amar en secreto a Teresa de Jesús y abrazar a Borges. Debimos liberarnos de las pustulas ideológicas y los prejuicios intelectuales. Y a veces aun creo que estamos esperanzados en cantidad que nos alegran los amigos y nos babean los sobrinos y los hijos de los buenos amigos. Hemos hecho el retorno y somos comprensivos con nuestras dilaciones mentales, a todas las sigo adorando, porque todas nos dieron algo y nos lo dan a diario. Gracias por los encantos y el desencanto de ellos nos salvó el amor, el sexo y la mirada con un cómplice impagable que en los Panero se convirtió en un delator asesino: la literatura.

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