Demasiados años sin Manolo.

Quizá ustedes no le echen de menos, yo sí, y debo confesar que cuando uno anda por los claroscuros de las notícias, buscando rastros de buenos periodistas y pidiendo que además sean literarios y cretivos a la par que realistas… lo reconozco, es muy difícil. Por eso siempre hay el instante de dilación, el momento en que uno mandaría a la mierda a la pandilla de plumillas digitales y análogicos porque la calidad de columna, el parnaso de la opinión y el ingenio va muy caro por no decir extinguido. Pero estoy seguro que él, nuestro protagonista del post, nos conminaría a continuar de manera sorprendente, siempre dando un giro y al fondo a la izquierda nos pondría una ironía a pensar.

1Así era él y así nos influyó a una generación. Puso la cocina a circular por la literatura y no lo hizo hablando de Escoffier, no, puso la cocina en manos de un limpiabotas de las Ramblas, un ex-legionario que era el Assange de Pepe Carvalho y su personal Wikileaks de los setenta que detectaba rumores quasi etéreos. Nos propuso una oportunidad que muchos no entendimos: quemar los libros en la hoguera voluntaria de la autocrítica como símbolo de la estupidez de la ortodoxia de la gauche divine a través de un detective gallego. Y con Carvalho recorrimos literariamente ese falso universo catalán que se preparaba para ser lo que es hoy: el Barça, las multinacionales, los exilios, la guerra.

La audacia de Manolo nos llevó a adorar la copla, algo que creímos derechón y nada feminista. Manolo Vázquez Montalbán conoció a un buen amigo mío por razones profesionales relacionadas con el libro. Él me suele decir que Manolo “era una gran persona”, el mejor de los numerosos autores con los qué trató, el más humano y natural. Cada vez que me sorprende el trino abundoso de los pájaros recuerdo ese pasillo del aeropuerto de Bangkok que el describía y a cuyo arrullo nos dejó para siempre. Blogs hay que hablan suficientemente de su obra, hoy le recordamos pues diez años sin Manolo Vázquez Montalbán son demasiados. Refiere Ramoneda una conversación con Manolo paseando por París sobre el fin del comunismo y la crisis de esos partidos, ante la evidencia le espetó un último deseo: “De acuerdo, pero déjame que sea el que apague la luz”. La luz de la obra de Manolo nunca se nos apaga a quienes la leímos.

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