Muere el colmado Quilez, nos roban un paisaje.

1389798649_52d6a4f9e84e3Ignoro si Cristina Fernández Cubas en su libro “Cosas que han dejado de existir” hacia elogio de los colmados. Pero sin duda hoy, cuando un watssapp de una buena amiga y lectora me recordaba hacer un post sobre el final del mítico colmado barcelones Quilez, he debido de pensarlo dos veces. Para mí ese era un mitico templo de los sabores. Recuerdo a mi padre en el aparado señálandome exquisiteces que jamás conocí y asegurándome que en Navidad compraríamos cangrejo ruso enlatado, el mítico Chatka, me enseñaba los brandies, las variedades de quesos y acabábamos con los ibéricos. Luego siempre decía: vamos a comprar unos berberechos. Entrar en el templo de los sabores empaquetados, conservados o embotellados era penetrar en una catedral inexistente a mis ojos de entonces. Y sus fiambre selectos al corte y toda esa misa no era nada sin esos oficiantes catecumenales de sus excelentes dependientes, no siempre amables con el pobre, pero buenos consejeros y cómplices de cualquier Grande Bouffe que se preciara.

jardin-vertical-colmado-quilez-2Pero Barcelona, esa ciudad cada día más provinciana, ha decidido que el centro es para los rusos adinerados y van cerrando tiendas míticas para dar paso al imperio del gadget y la ropa pija. El nuevo proyecto de remodelación de la Avenida del Paral.lel es un intento de desplazar al turista mediano o bajo. Los precios de los locales industriales, al calor de la ley que caduca, hace imposible que los comerciantes locales puedan competir con los grandes grupos inversores. Ese es el final de Quilez. Siempre había fantaseado con suicidarme, en caso de enfermedad incurable, en el centro del colmado Quilez tomando un buen ibérico y saboreando quesos franceses junto con una botella de Veuve Clicot y rematarlo todo con un armagnac de más de veinte años. Que mejor fin que en esa hora extasiante, antes de entrar en el túnel de imagenes de toda tu vida, tener por última imagen terrena sus estanterias de berberechos con más de treinta marcas, sus potes de jabalí en adobo y la mirada angelical y atónita de esos dependientes encorbatados… pero no, solo fue un sueño. Al estilo de Ramón Cabau, aquel gran cocinero e introductor de la cuisine en los setenta y propietario del Agut de Avignon que se suicidó en la Boquería ingiriendo cianuro  atormentado por las deudas. Solo me queda mi querido amigo, doble mejorado de Agustín González, en el portentoso colmado Aniceto de la Coruña, sí, el colmado que en sus alturas guarda una horterísima, como todas, porcelana de lladró que emula el 0-5 de Cruyff y sus muchachos en el Bernabeu. Pronto debo de rendirle visita, mueren mis mitos incendian mis paisajes, somos el tiempo que nos queda.

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