Leopoldo María Panero, un agujero en el alma poética.

poldopaneroLa muerte de Leopoldo María Panero contribuirá sin duda a la difusión de su obra. Los cadáveres literarios dejan tras sí una estela en las hojas de cálculo. Algunos o muchos, aquellos que ya pasamos largamente de la cincuentena y sentimos inquietudes culturales durante el franquismo y no las quisimos finiquitar en la transición, seguíamos a Panero y a los Panero. Desde el documental El Desencanto, crisol paradigmático de tantas cosas, a la obra escrita de él y su hermano menor. La obra de Panero extensa, diletante y siempre al borde del abismo era un canto a la racionalidad imbécil, a la falta de análisis y la estupidez de lo cánonico. Provocadora e insultada por quienes no ven lucidez en la locura se solía dar noticia de él en estos años últimos haciendo hincapie en su enfermedad.

Pero Leopoldo María Panero despliega lucidez y sensibilidad en su obra y una capacidad de influir en lector sensible, que ha leído lo suyo, que nunca deja mensaje ajeno a quien lo recibe. Tal vez tenía más razón de la atribuida. El origen de su enfermedad mental era un tratamiento de shock recibido para alejarle de sus adicciones y su sexualidad discutida. En la crónica que aquí debajo hace Gonzalo Pérez Ponferrada y publicada el jueves en El País hallamos un epitafio humano y tierno. Gracias Leopoldo, tal vez los cuerdos seamos aquellos que en realidad estamos atados a una cuerda que no sabemos quien sostiene.

Días de locura con Panero en Canarias

A partir de hoy, Leopoldo María Panero ya no venderá sus libros por la calle Triana de Las Palmas de Gran Canaria. El poeta vagabundo ha muerto, pero su fantasma y sus poemas quedarán esparcidos entre las almas perdidas que vagan por esta ciudad. Leopoldo, el loco más cuerdo de todos los locos que sobrevivimos a estos tiempos, nos ha dejado sin despedirse. Y así tenía que hacerlo, de la forma más anónima.Sin que nadie lo molestara. Como lo tiene que hacer un poeta: uno de los grandes poetas de nuestro tiempo. Que ahora venderá más libros, porque en esta sociedad los libros que huelen a difunto son los más atractivos.

Hay un banco en la calle de Tomás Morales de la capital canaria que también se ha quedado solo. Allí se estiraba el poeta como sólo lo hacen los que no tienen prisa ni por vivir, ni por morir.Ahora, en ese banco, sólo queda la huella de los cientos de colillas esparcidas, fruto de su compulsivo hábito que le daba ese aire de poeta maldito. Muchos hemos compartido el banco y sus poemas que salían de su boca tintados de nicotina y humo. En las paredes de la cafetería El Esdrújulo también se ha quedado el eco de aquellos recitales donde sumergía en su poesía a todos los presentes soltando a bocajarro su infierno.

Así masticaba Panero las palabras diciendo: “El abismo es Dios y el territorio puro de nadie, una cruz alzada bajo todas las sospechas…”Aún lo recuerdo aquel primer día que me lo encontré sentado en la terraza de la facultad de Historia, empalmando un cigarrillo tras otro y bebiendo Coca Cola.En aquella cafetería vivía al aire libre todas las tardes. Ya era una figura necesaria. Si algún día no veías a Panero charlando con algún estudiante, o tirado en alguno de sus bancos de piedra, la facultad perdía ese sabor a ocre que solo dejan los hombres únicos.La estación de guaguas de la ciudad, una de las paradas preferidas del poeta, también se queda huérfana de sus libros que vendía como lo hacen los floristas callejeros.Ahora los jóvenes y los niños y las amas de casa ya no verán a ese vagabundo extraño de la estación, a ese vagabundo que siempre cargaba con uno de sus poemarios para intentar colocárselo al primer incauto que no sabía que le estaban vendiendo una joya.

Gonzalo Pérez Ponferrada, director de comunicación del Tribunal Superior de Justicia de Canarias y autor del libro de relatos Los olores de Teodora Castro y otros sucesos extraordinarios.

1394094734_690088_1394111297_album_normalfoto de José Ramón Veiga González

EL LOCO

He vivido entre los arrabales, pareciendo
un mono, he vivido en la alcantarilla
transportando las heces,
he vivido dos años en el Pueblo de las Moscas
y aprendido a nutrirme de lo que suelto.
Fui una culebra deslizándose
por la ruina del hombre, gritando
aforismos en pie sobre los muertos,
atravesando mares de carne desconocida
con mis logaritmos.
Y sólo pude pensar que de niño me secuestraron para una alucinante batalla
y que mis padres me sedujeron para
ejecutar el sacrilegio, entre ancianos y muertos.
He enseñado a moverse a las larvas
sobre los cuerpos, y a las mujeres a oír
cómo cantan los árboles al crepúsculo, y lloran.
Y los hombres manchaban mi cara con cieno, al hablar,
y decían con los ojos «fuera de la vida», o bien «no hay nada que pueda
ser menos todavía que tu alma», o bien «cómo te llamas»
y «qué oscuro es tu nombre».
He vivido los blancos de la vida,
sus equivocaciones, sus olvidos, su
torpeza incesante y recuerdo su
misterio brutal, y el tentáculo
suyo acariciarme el vientre y las nalgas y los pies
frenéticos de huida.
He vivido su tentación, y he vivido el pecado
del que nadie cabe nunca nos absuelva.

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