Diario de La Graciosa 2014: El norte y la furia, un recuerdo para Emily Dickinson.

OLYMPUS DIGITAL CAMERAEsta ha sido nuestra última expedición larga del verano. Unos 18 Km de arena no están mal y menos el día en que el alisio no deja playear. Pero créanme que todo es belleza rara y sorprendente. No les puedo describir el mal del erial, el mal que recorre las venas del caminante graciosero. La pronta visión del paisaje y del día no invita precisamente a salir. Pero hay algo superior que te lleva: la soledad inmensa, el ruido del aire cuando lo haya y el crujido de tus pies que se hunden en las arenas unas veces y otras en las gredas volcánicas que vas pisando.

OLYMPUS DIGITAL CAMERAY de repente se te cruza un conejo que estaba dormido junto a unas tabaibas y de repente, el el lugar más impensado, se te aparecen auténticos ejemplos de resiliencia en el secano: conjuntos vegetales esplendorosos que se rodean de pinchos y se protegen como si juntándose acumular las aguas necesarias para mantener su dura vida en medio del páramo vigilado por las calderas de los volcanes.

OLYMPUS DIGITAL CAMERACuando llegas a la costa norte y divisas el archipiélago la belleza te pega un tortazo que te despierta. El mar bulle en distintos hervideros y estalla en la zona de los arcos. Hoy es día duro, encontrar junto a la costa quince gaviotas amontonadas te da la idea de que el horno no está para bollos. pero no es cierto, delante nuestro a unos 300 metros mar adentros los vuelos curvilíneos y en picado a rasante dela ola anuncian que han llegado las pardelas cenicientas y comienzan su espectáculo acrobático. Continuament la cámara, las gafas, se te llenan de humedad y agua que trae el viento. Pero te sientes como un poeta romántico que sale de Viena o Londres por primera vez y contempla el mar agitado. Mi amada y yo nos miramos, venimos de una complicidad forjada, también, con las aguas. Es entonces cuando entiendes a la maravillosa Emily Dickinson cuando sobre el mar escribía:

Poema 520

Me fui temprano -me llevé a mi perro-
a visitar el mar.
Las sirenas del sótano
salían a mirarme
y, en el piso de arriba, las fragatas
extendían manos de cáñamo,
creyéndome una rata
encallada en la arena.

No huí, con todo. Hasta que el flujo
me llegó a los zapatos
y al delantal y al cinturón
y enseguida al corpiño,
tal como si intentara devorarme
como a una gota de rocío
en una flor de diente-de-león.
Entonces salí huyendo.

Él me siguió. Venía detrás, cerca.
Sentía su tacón de plata
en mi tobillo y mis zapatos
rebosaron de perlas.

Los dos llegamos hasta el pueblo firme.
No parecía conocer a nadie.
me miró con dureza
y se fue, haciéndome una venia.

Emily Dickinson

(Versión de José Manuel Arango)

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