Gotas de letras: Los conocedores de manantiales por Álvaro Cunqueiro.

LOS CONOCEDORES DE MANANTIALES

Nunca había podido leer completo el breve tratado de Ha Plslng sobre fuentes y manantiales, que ahora publica una revista londinense, traducido por Arthur Walley. El poeta Walley hizo hermosas traducciones del chino y del japonés —las primeras acaso, según los conocedores, las más perfectas que se hayan hecho a un Idioma europeo: en el «Penguin Book Contemporary Verse», antología de la poesía inglesa de este siglo, los únicos poemas no originales que alli figuran son dos traducciones de Po Chu-i por Walley. “Los crisantemos del Jardín oriental» y «Poema tonto para mis sobrinos y sobrinas».

Ha Pising era catador de agua. Vivió hacia el año 800 y durante algún tiempo estuvo al servicio de la familia imperial. Era él quien elegía el agua que bebía el emperador en otoño, en invierno, en primavera y en verano. Buscaba los manantiales perfectos, después de estudiar la complexión del gran señor. Se le echó la culpa del fracaso de una reforma agraria, por haber suministrado al primer ministro, autor de la misma, un agua que no era adecuada a las graves preocupaciones de éste en relación con la agricultura. Esto amargó a Ha Pising. quien estaba muy orgulloso de su ciencia, era considerado como el maestro de los catadores de agua, y estaba en aquel momento embargado por dos preocupaciones: reformar las costumbres suministrando el agua más conveniente a la aristocracia y prolongar la vida hurriana mediante el uso alternativo del agua de ciertas fuentes.

Ha Pising abandonó la capital y se fue a las montañas del suroeste, donde pasó el resto de su vida. Fue en el convento de la montaña, «con la rapada cabeza sumergida en la niebla de la tarde», donde escribió su famoso tratado. Ha Pising había oído de una fuente en Lechuang, la delgadez de cuya agua era la exigida por el «clásico del Té» para las infusiones de primavera, mientras que en los primeros días de otoño aquella agua engordaba y era excelente para beber en ayunas. Ha Pising encontró al fin la fuente entre unas rocas. Se desnudó, como mandaban los ritos de los conocedores, para saludar al manantial. —Señora —le dijo al agua—, voy a poner mi nariz en tu mejilla. —Lo que me place —dijo el agua, que al parecer habla oído hablar de Ha Pising. y no le disgustaba el beso.

Ha Pising bebió un sorbo directamente del manantial, y comentó en voz alta: «Me he casado tres veces. He conocido aladas bailarinas del sur y delicadas cortesanas de Pekín, sabias en las nueve reverencias. Pero tú eres una gracia más sencilla, viva y verdadera. Me quedo a tu lado para siempre.» La fuente debió de dar el dulce si. Ha Pising levantó una choza de paja y barro al lado del manantial, plantó un sauce, y se quedó a vivir alli. Alcanzó los cien años.

De vez en cuando le llegaban noticias del mundo, de los triunfos y de las derrotas. No le preocupaban. Innovó en la caligrafía, inventando un estilo que pudiéramos llamar barroco y que más tarde fue conocido como «La hiedra que inicia la primera vuelta en el ciruelo silvestre». A la fuente la llamaba la Cuarta Esposa. Y muchas veces, después de beber, pasaba sus dedos por el agua fina y fría, como quien acaricia los cabellos de una hermosa mujer muy amada. Un día le envió a un erudito amigo una carta en la que decía: «No hay matrimonio más feliz que el de un hombre con un agua perfecta». Hay quien dice que cuando Ha Pising murió, la fuente dejó de manar. Otros dicen que se volvió amarga.

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