Una extraña literatura (Ana María Matute 1967)

Artículo de Ana María Matute publicado en abril de 1967. No me digan que no se lo podrían aplicar algunos de los cerebros “higienizantes” de la  literatura que corren por las editoriales, librerías y escuelas. Y escrito en un tiempo de dictadura y represión católica.

Una extraña literatura

Generalmente, en España, se tiene por literatura infantil un tipo de literatura inferior. Podría decirse, sin errar excesivamente, que en nuestro país no existe tradición literaria de este tipo, si exceptuamos el fenómeno, extraordinario e injustamente tratado, de Elena Fortun. Solo en los últimos años, escritores consagrados a la literatura «adulta» se han internado en ese complicado mundo que me ocupa entre la niñez o la debilidad mental con que —en términos generales— se intentaba nutrir la sed de lectura de nuestros nin?os; esos escritores han abierto un camino esperanzador. Tal vez en parte, sea debido a que no es posible escribir “deliberadamente” un libro «para los niños”. Quiero decir que ese libro debió surgir antes, espontáneamente, dentro del escritor, aun a «pesar» de que en él se reunieran las condiciones para despertar el interés infantil.Un niño no es un pedazo de hombre, que va aumentando año tras año, hasta integrarse en la no muy satisfactoria especie de los adultos, sino, más bien, somos todos un trocito de aquel niño que fuimos, y del que lo perdimos todo, o casi todo: un mundo que fue total, cerrado, redondo. Cuando miro una fotografía de mi “infancia” me parece descubrir en ella un reproche, una especie de protesta por lo que hice después con aquella niña. No es tranquilizador mirar el rostro del niño que fuimos, integrado ya en esa legión de misteriosos niños que no murieron, ni morirán jamas. Vagos e irritados fantasmas, ocultos en el fondo de las copas, del perfume. En el implacable espejo de nuestra conciencia se reflejarán «sus ojos » nos escocerán como arañazos Y no digo que los niños sean buenos. Ni siquiera lo necesitan.

No podemos sentarnos a escribir, inundados de loables y pedagógicas intenciones, una historia a medida para ocho, diez años. Si a los cuarenta años esa historia nos hace bostezar sin rebozo, al niño se le hará? insoportable. El primer hombre que se preocupó del niño en la literatura fue un desconocido egipcio, dos mil años antes de Jesucristo. “Un niño hace más de lo que se le pide” dijo. Y añadió: «Se esfuerza en alcanzar la fortaleza por medio de la justicia» ¿Adonde van a parar los tópicos sobre la famosa crueldad infantil, el egoísmo infantil, etcétera. Sus voces nos escandalizan farisaicamente, por su objetiva justicia.  Una vez, un nin?o —más tarde gran escritor— decía dulcemente: “Papá es tonto, malo y feo». Sobrio y buen retrato.

Las historias de magos, duendes, trasgos y brujas no fueron escritas para los niños. Fueron ellos quienes las adoptaron. Desde las orillas del Nilo hasta los fiordos noruegos, los niños acogieron el mundo tumultuoso y misteriosamente justiciero de la magia y la “realidad no visible”. Los sabios pedagogos han desterrado de la literatura infantil a los ogros devoradores de carne fresca, los tenebrosos brujos, las extranñas princesas dotadas de maravillosas virtudes físicas (si bien malignas) que encandilaban a jóvenes plebeyos pobres y guapos, hasta llegar a amarlos (no sin antes padecer curiosos procesos, tales como la transformación, consecutiva, en cisne negro, rojo y blanco. Si hemos perdido la capacidad de convivencia e intercambio cultural con trasgos y duendes, ¿por qué los negamos?, ¿por qué los prohibimos?. Cuando yo era niña pase miedos enormes, turbadores y dulces como un veneno, que me llenaron de íntima felicidad. Me parece que no tenemos demasiado derecho a lavar de misterio el cerebro de nuestros niños, en nombre de una dudosa terapéutica mental. Siento profunda admiración por Patrick Kennedy, librero de Dublin. que en 1866 declaró públicamente creer en las hadas.

La extraña literatura infantil no puede ser dirigida, desinfectada, dosificada. Historias donde no exista la duda la zozobra, el ácido regusto del misterio nunca desvelado (la desatada curiosidad creadora del verdadero «otro» cuento, recreado por la imaginación infantil serán sensatas, moralizadoras. instructivas acaso. Pero no serán literatura. Y los niños seguirán imaginando monstruos, al margen de esa Caperucita reformada, convertida en serena criatura que llega a convencer al lobo de la inconveniencia de ingerir carne humana. Supongo que la misma pasión educativa que reformó a esa nueva Caperucita inflamó a Cotton Maher, cuando alejó todo elemento mágico y perturbador de los libros infantiles, y escribió su difundido: “Un presente para los niños, algunos ejemplos en los cuales el santo temor de Dios floreció? singularmente en varios niños  cuando morían en varias partes de Nueva Inglaterra». O a su coetáneo, el reverendo James Janetoay, tan conocido por su Inolvidable “Relato exacto de la conversión y santas y ejemplares vidas y felicísimas  muertes de varios niños pequeños» Estos melancólicos y rectísimos educadores desinfectaron también, en su tiempo, la perniciosa literatura infantil al uso. (Ana María Matute)

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