“La culpa es tuya”… en Japón es un humillante y retorcido “jiko sekinin”

Extraemos de Le Monde Diplomatique las informaciones base de este post a partir de un trabajo del periodista Yuta Yagishita. En abril de 2004 el ciudadano japonés Imai Noriaki fue secuestrado en Irak por un grupo armado. Marcado por los atentados del 11 de septiembre este joven decidió marcharse a ayudar a los niños que habían sido víctimas de la segunda guerra del Golfo (2003-2011). Fue secuestrado por un grupo llamado “La Brigada de los Muhaydin”, una organización de la llamada resistencia iraquí desconocida hasta entonces. Aquello supone el final de sus planes humanitarios y el inicio de un inesperado calvario. “Nos acusaban de ser espía de Estados Unidos” relató el propio Imai. Fue tras su liberación y al llegar a un hospital de Dubai para ser atendido, cuando su hermano le comunica una noticia, cuando menos igual de terrible: “Estamos sufriendo una campaña de descrédito. Papá tendrá que dejar su trabajo como disculpa”.

Así al igual que sus compañeros de cautiverio Imai- cuya historia inspiró la película Bashing, del director Kobayashi Mashairo- fue acusado de no asumir su “responsabilidad individual” lo que en japonés se denomina y horroriza a cualquier ciudadano… “jiko sekinin”. Lo que ya era una reflexión amplia y socialmente aceptada en su país era: “¿Por qué debería salvarles el gobierno con dinero público?”. La campaña de los medios cobra mayor autoridad de su moral nacional con la entrada en escena de altos dignatarios gubernamentales: “Es francamente imprudente tienen una gran parte de jiko sekinin puesto que corrieron el peligro de marcharse a un país peligroso”, según Koike Yuriko entonces ministra de Medio Ambiente y actual gobernadora de Tokio, e insiste en que “fueron ellos los que tomaron la decisión”. El principal periódico del país el Yomiuru Shimbun llega a afirmar que “deberían ser escuchados aquellos políticos que piden que devuelvan parte del coste de la operación”.

Las redes circulan y agitan de tal modo que se publica la dirección de la familia y sus buzones llegan a inundarse de cartas equiparando al joven y su familia como “ladrones de fondos públicos” e insinuando que debería suicidarse para asumir su responsabilidad. El joven fue asimismo víctima de agresiones físicas en la calle hechas por sus conciudadanos y vecinos varias veces. Cayó en el foso de la depresión profunda del que tardó cinco años en salir. El caso ha sido paradigmático, en el sentido de que ha revitalizado y puesto en boga nuevamente un concepto moral de la sociedad japonesa, que se está utilizando para acciones políticas además de la consecuente ruina psíquica que causa en las personas que lo sufren a través de instituciones, empresas y medios de comunicación. La traducción sería “La culpa es tuya”, con todo el peso y toda la carga sentimental que pueda tener sobre quién padezca esa plaga moralista.

Imai, activista antimilitar, en la universidad de Chicago

Sí, se usa el término par atacar a los sin techo, a las mujeres que son madres solteras y a las personas marginalizadas (espectro amplísimo en las férreas concepciones morales de la tradición japonesa). También el jeiko sekinin se está usando par atacar a las personas que sufren enfermedades asociadas al estilo de vida (obesidad, cáncer de pulmón, diabetes…) o incluso a las víctimas de la violencia sexual. Según el periodista y autor de estos datos Yusa Yagishita el concepto en pocos años está tan arraigado que muchas personas sin hogar renuncian a las ayudas estatales aplicándose el jiko sekinin como autocastigo aunque se pretenda desde los poderes establecerlo como una “tradición moral y ética” (!). El autor refiere que podríamos también definir al jiko sekinin como el antónimo de la palabra solidaridad. Si estás en la miseria es culpa tuya y no es asunto de nadie más. El neoliberalismo de los partidos conservadores japoneses ha encontrado en ello un ariete para proseguir en sus política económicas que han hecho que Japón, en los últimos 30 años sea un país que ha visto verteginosamente acrecentadas sus desigualdades. O sea: la versión japonesa de la “culpa” de los católicos y encima con “buenos” resultados económicos.

 

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