Murió el Rana y le guardamos un espacio en nuestra literatura.

El Rana, un personaje de los relatos antiguos de OusFerrats, ha fallecido en esta dura estación pandémica. El Rana era bajo, cejijunto y con una especie de protuberancias en la nariz y el labio superior que le hacía, como así escribimos, miembro del reino anfibio.Todos sabían que el Rana empezó vendiendo “grifa”, de jovencito, en la zona de la plaza de la Reina Amalia, muchos conocían su actividad estupefaciente. Pero si por algo se distinguía tristemente el Rana era por su tez de cabreado perpetuo a la que añadía una voz ronca, matizada por el alcohol y otras especies dignas del más puro reino de la adicción crónica.

El trato del Rana era displicente con casi todo el mundo. Aspiraba a ser el rey de un barrio que nunca lo quiso. Solamente le quedaban sus familiares, escasamente entrañables y de la misma mala leche que él. De sus andanzas por los fondos conservaba una serie de relaciones que se dejaban ver, de vez en cuando, en el que fue tantos años su despacho. El Bar La Pineda o Salón Pineda, a conveniencia de las modas, y luego restaurante Arànega, hoy ya cerrados. Por ahí aparecían la Silvia o el Salao. Eran sinónimos de un Paralelo y Chino inexistente. Hoy su mercado está ocupado hace años por esas mafias extranjeras que han acabado arramblándolos a la nada.

Eso se notaba ampliamente en su consumo: De tres platos y botella de Rioja recién abierta pasaron a bocadillo y tres cervezas. Era una caída del gasto que anunciaba otras caídas. Los años del guardiolismo que no paraba de dar satisfacciones a la clientela coinciden con su decrepitud. Él y los suyos amenazaron a buena gente del barrio con “echarlos” pero una denuncia puso en evidencia el largo historial de prisión y tres juicios de el Rana. Más que nunca, eran menos de lo que ellos querían ser. La guadaña hizo su anuncio en forma de infarto agudo. Pero el rana volvió a las andadas, sin precauciones, a tumba abierta, como diría Perico Delgado. La caída fue definitiva a principios de año.

De casta le viene al galgo, su madre regentaba en el Paralelo una casa de huéspedes que ella llamaba “residencia” pero que era un auténtico lupanar. En esa zona del barrio de Sant Antoni abundaban los policías, confidentes, vendedores de casi todo, estraperlistas, putas. En casa de la madre del Rana se cuenta un durísimo episodio de postguerra que podría parecer mentira de no ser porqué quien escribe lo oyó. Con los años mi madre me contó la verdad terrible. Pero hoy ya basta, si me permiten, esas y otras escenas están en el libro que les estoy preparando “Abisme Mistral” en el cual el Rana también aparece. Ahora duerme en el cielo de los camellos esperando la resurección de la coca imposible. Ha dejado de croar. En reconocimiento les adjunto aquel primer post de la narración PALQ que durante 2009 y 2010 nos ocupó 15 breves entradas.

 

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