María Callas, Onasis, el pañuelo de Hermès y Pier Paolo Passolini.

Maria Anna Sofia Cecilia Kalogeropoulos o más sencillamente: Maria Callas. La divina María que nació en Nueva York para volver a Grecia a los 13 años. Los matices y colores de su voz enamoraron al mundo de la ópera. Una mujer de belleza enigmática, ora Fedra ora Medea, la Callas encarnó la mejor voz del siglo XX con una presencia rotunda que seducía a los espectadores y acababa envolviéndolos con el prodigio de su voz.

Passolini y María Callas en Grecia en 1971.

Tras rechazar un contrato en el Metropolitan Opera House de Nueva York, marchó a Italia, donde debutó en la Arena de Verona en 1947 con La Gioconda de Ponchielli. El éxito que obtuvo en esas representaciones atrajo sobre ella la atención de otros prestigiosos teatros italianos. Su carrera estaba desde entonces lanzada: protegida por el eminente director de orquesta Tullio Serafin, cantó Turandot, de Puccini, Aida y La forza del destino, de Verdi, e incluso Tristán e Isolda, de Wagner, ésta en versión italiana.

Su personificación de la protagonista de la Norma de Bellini en Florencia, en 1948, acabó de consagrarla como la gran soprano de su generación y una de las mayores del siglo. La década de 1950 fue la de sus extraordinarios triunfos: en absoluta plenitud de sus medios vocales, protagonizó veladas inolvidables, muchas de ellas conservadas en documentos fonográficos de inestimable valor, en las que encarnó los grandes papeles del repertorio italiano belcantista y romántico para soprano. pero la tragedia griega, como en todos los personajes de este Olimpo Onassis, la persiguió desde el principio. En 1949 se casó con el millonario Meneghini, pero su relación apenas duró dos años. En el horizonte ese hombre que posaba la vista sobre mujeres extraordinarias le esperaba: Aristóteles Onassis, rodeado de oro, leyenda y a despecho de los Lívanos y los Niarchos. Callas siempre escondió, excepto a sus intimos, el amor imposible que sentía por otro genio: Pier Paolo Pasolini, declarado izquierdista y homosexual. Con el rodó Medea tres años antes de morir y afirmó que esa era ,en parte, su historia.

Su relación con el magnate fue feliz pero turbulenta, su carrera se resintió e incluso decidió abandonarla por problemas de voz. Pero el mundo melómano que no la olvidaba la volvió a aupar en una gira con Giuseppe Di Stefano. También emprendió el camino de la docencia. Pero el romance turbulento con Onassis tiene ribetes famosos como cuando él le espetó: «¿Quién eres tú? ¡Nada! Tienes un silbato en la garganta que no funciona». Era en París cuando ella empezaba a enfermar de la voz y vio que no podía cantar la Norma de Bellini. La Callas llegaba a cantar salpicándole la sangre de las cuerdas vocales. Era literalmente una bestia escénica que ponía en retirada cualquier competencia femenina o profesional.

El magnate, calificado por Kennedy como “pirata internacional” siempre le negó el matrimonio.  Onassis fue un carnicero emocional que la hundía sin remisión y que no la atendió cuando nació muerto el hijo común. Se separaron, el magnate ponía sus ojos sobre Jacqueline Bouvier. Y ella miraba hacia el suelo, la depresión la fundió en el fango de los infiernos vitales. Sí, aquella niña que tenía dos miedos: la noche y la pobreza, no descansó pese a reunir una buena fortuna, la muerte la sorprendió antes, en forma de ataque cardíaco. Dicen que cuando Onassis, a punto de morir fue llevado al hospital solo pidió una cosa: la manta de Hermès que ella le había regalado. El 1 de noviembre de hace 45 años murió María Callas, la leyenda no.

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