A tantos años de mayo del 68!! Unas notas…

Reconozco que les tenemos poco motivados, nuestra periodicidad no es la de siempre. Verán: estamos acabando la edición de un libro para septiembre en catalán “Abisme Mistral”. Ya hemos empezado a trabajar en otro “Holografías de una revolución” que se presume largo y trabajado en documentación , consultas, alguna entrevista. Pero pensamos en nuestros fieles lectores y les ofrecemos un borrador que creemos consistente.

Forma parte de uno de los apartados del segundo libro. Solo ahora son apuntes sobre mayo del 68 su impacto en la sociedad francesa y algo en la nuestra de jóvenes militantes de los setenta y pocos. Seguiremos, les recordamos, prometemos un verano fecundo y galaico, lleno de imágenes de nuestra Costa da Morte y la presentación en sociedad de “Abisme Mistral”. Aún queda trabajo, pero seguimos ensimismadamente entusiasmados.

Tiempos de sueños revolucionarios que eran frágiles por la inconsistencia de tantas cosas y a la vez muy sólidos por la fortaleza de la convicción y el entusiasmo, la posible certeza de darle la vuelta a todo era una gasolina de alta combustión estimulante y el factor juvenil decisivo. Pero teníamos una confianza ciega, nunca mejor dicho, en una arma quasi secreta: la teoría revolucionaria. Era nuestra valiosa piedra de àmbar, justamente lo que la ballena del marxismo teórico había vomitado antes de acabar varada en la playa de mayo de 1968, las teorías y su práctica, comparaciones, análisis, experiencias todo parecía alambicarse para destilarnos la fórmula definitiva. Pero llegó la autocrítica.

El primero en romper el fuego fue Cohn-Bendit, protagonista principal del Movimiento 22 de marzo, quien publicó en 1975, Le grand bazar, obra en la que confiesa que en 1968 la violencia no fue más que un juego. Años más tarde, en 1986, Cohn Bendit realizó una serie televisiva en cuatro capítulos –Nous l’avons tant aimée la révolution–, una serie que dio la vuelta al mundo y fue recogida en un libro que lleva el mismo título y que ha sido traducido al castellano. En la introducción de esta obra, elaborada a base de entrevista del autor con personajes revolucionarios de la generación del 68. Cohn Bendit denuncia el rechazo hacia el movimiento del 68 que se produce en los años ochenta: “El calificativo de sesentayochista, dice Bendit, se ha vuelto peyorativo; llamar progre es un insulto y sé que suele murmurarse a mis espaldas que soy un has been”. Bendit no se muestra sorprendido de lo que ha pasado, a la vista de los resultados prácticos de una revolución que, como reclamaba la canción de Jim Morrison “quería el mundo y lo quería ya” (We want the world and we want it now). Sin embargo, el revolucionario del 68 acepta plenamente su evolución ideológica y personal: “En resumen, sigo siendo un contestatario de la ‘promoción del 68’… pero desde aquella época evolucioné considerablemente, pues ahora me considero el prudente compañero de viaje de un Partido –los Verdes alemanes– que acepta tímidamente la idea de gobernar, idea por la que milito desde hace algunos años”.

El atractivo de mayo era indudable, la sensación de que la revolución se salía de los debates, de los papeles y de las ideas para plasmarse en la calle: barricadas, adoquines volando, gases, polícias, sindicatos ocupando y gestionando fábricas durante 110 días no es ninguna broma. A la Francia post colonial y poderosa le estallaba la calle y se ponía el sistema a temblar. Mayo dió para mucho. Han pasado tantos años y sigue siendo un referente de análisis, es como si jamás se hubiera superado un periodo tan lejano. En primer lugar estalló la crisis del propio partido comunista francés.

André Glucksmann y su hijo Raphael publicaron en 2008 un recorrido insobornable por el espectro ideológico y filosófico-social del 68 en su libro “Mayo del 68 Por la subversión permanente”. En realidad el título francés era “Mai du 68 expliqué a Nicolás Sarkozy” donde partían de la crítica a la forma en que Sarkozy encuadraba mayo a su conveniencia electoral del momento, casi cuarenta años después y se preguntaban, los autores, cual debía de ser el rédito político de semejante opción discursiva.

Los Glucksmann plantean una idea central: “Cuarenta años más tarde hay que reexaminarlas sin canonización retrospectiva ni exorcismo póstumo a riesgo de reconocer bajo los disfraces de hoy los desafíos de siempre”. Pero tampoco ahorran la manipulación de Mitterrand organizando eucaristías laicas con la rosa .roja como crucifijo en 1981 en el Panteón, autoproclamándose el rey de los derechos del hombre. En la ceremonia televisada s expone acento en que está el mundo entero representado en esa ceremonia del Panteón.

Pero los Glucksmann echan cuentas: dónde están los represaliados de la Carta 77 de Praga? Y los disidentes soviéticos? Y los polacos de Solidaridad? Y chinos, vietnamitas, camboyanos, eritreos, angoleños, cubanos…esos están ausentes. Los perseguidos por la derecha sí, los perseguidos por la izquierda no. Es la ausencia de las víctimas de los fascismos rojos.

Hay un momento de antología cuando en plena crisis callejera y política el poeta comunista Louis Aragon sale a la calle y ofrece en las asambleas su publicación a todos quienes quieran escribir. Pero al otro lado de la asamblea le responde Danny Cohn Bendit: “Aragon, hay sangre sobre tus cabellos blancos?”, la complicidad del Partido comunista francés con la sangrienta aventura colonial o el silencio ante la entrada de los tanques en Budapest de 1956 y las sucesivas expulsiones de intelectuales de distintas corrientes interiores del PCF.

Fue en ese momento cuando el PCF tomó la vía, nuevamente traidora, de plantear unos aumentos del salario mínimo como forma de atraer a la pacificación a los obreros, la CGT y Marchais lucharon activamente para pararlo todo. Típico del comunismo “detengo todo lo que no puedo controlar”. Recuerda lejanamente el papel de Carrillo con la reconciliación y su papel de policías obreros de CCOO frenando el auge de las luchas españolas cuando Vitoria y los asesinatos de Atocha. El premio fue la legalización de 1977.

Ahora con la perspectiva del tiempo la imagen, que me retrotrae todo ese esfuerzo de discusión y dialéctica, es la de ese laboratorio de experimentos continuos del incansable Paracelso; que acabó sus días, a los cuarenta y siete años, atacado por una intoxicación de un elemento muy frecuente en sus experimentos que era el mercurio. Un Paracelso incesante, frenético, que busca en el laboratorio la obtención del oro. Es considerado a veces como el «padre de la toxicología» con su célebre frase “dosis sola facit venenum” – la dosis hace al veneno -, máxima de la disciplina. Toda una luz sobre el uso de las teorías revolucionarias y su toxicidad social.

Pero cuando nosotros empezamos a nacer para la militancia, en los setenta y pocos los huracanes desatados en el seno del marxismo filosófico y teórico estaban solapados. En primer lugar por un deficit y una dificultad manifiesta de libertad, que hacían imposible el acceso a informaciones contrastadas, y en segundo lugar porque, en las organizaciones clandestinas, muy pocos conseguían tener acceso a debates y a recibir noticias de una Europa post mayo del 68 que ardía.


Los tanques entraron en Praga en agosto de 1968, en la Sorbona apareció una pintada reveladora: “Lenin despierta, se han vuelto locos”. Fue el colofón a una primavera que tuvo su mayo en Francia pero la crisis del comunismo y por ende del marxismo llevaba décadas latente en las filas de ambos. La invasión de Hungría en 1956, el gulag, la aparición de una generación nueva de disidentes en la URRSS que no hacían propuestas para mejorar el sistema soviético o simples denuncias, sino que, abiertamente llamaban a desechar el estado comunista, sus partidos y sus burócratas. Regis Debray, uno de los brujos del miterrandismo trata de encerrar la complejidad en esa cita extraída de la revista de historia Norba:

Mayo del 68 nace del desfase entre la Francia industrial y tecnológica y la Francia social e institucional. La primera, dinámica y abierta al exterior; la segunda, anquilosada y sometida a un lento proceso de cambio de valores y costumbres. La diferencia entre una y otra, el extraordinario proceso de crecimiento económico que se produce en la década de los sesenta, se hacía insostenible: “la sociedad francesa, convertida en ‘antieconómica’, comprometía la rentabilidad de la sociedad anónima Francia”. Un país, dice gráficamente Debray, estaban enchufado a 110 y otro a 220: los sucesos fueron el cortocircuito que obligó a cambiar la instalación. No a cambiar el sistema –no se traba de una crisis del sistema, sino simplemente, de una crisis en el sistema– sino a modernizarlo. ¿Mayo del 68 igual a chienlit como había afirmado el General de Gaulle? No, Régis Debray consideraba que en los Sucesos se produjo el más razonable de los movimientos sociales; la triste victoria de la razón productivista sobre las sinrazones románticas…

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