Letras océanas: El Leviatán en Galicia.

Escribe Cunqueiro que nunca el gallego antiguo albergó sospecha alguna sobre la mar. Ni tan solo conocía de la existencia de Leviatán y describe un cromo sentimental en el cual el gallego vive en paz con el océano en lo que Pedrayo llama la “sinfonía atlántica”. Saca su cosecha alimenticia y de riquezas, vive a sus orillas y le procura su dosis de ahogados. Es un intercambio, la mar atesora riquezas y comparte algunas, pero siempre acabará exigiendo su tributo. El mar era para el gallego antiguo la brisa vivificante, la despensa eterna, la libertad y la aventura, señala nuestro admirado autor. Pero nos propone adentrarnos en la sentencia de Yeats: “La asesina inocencia del mar”. El mar encerraba la peor bestia: El Leviatán que Dios creó en el quinto día o como aseguran otros antes de la creación. Pero el orden es ascendente, aparecen los monstruos. Plinio el Viejo, en el siglo I d. C., nos cita un relato recogido por otro naturalista romano del siglo anterior, Trebio Níger, en el Libro III de su Historia Natural, donde nos cuenta sobre la existencia de un cefalópodo de gran tamaño que asolaba las factorías de salazones de Carteia:

“«No han de olvidarse las observaciones hechas por L. Lucullus, procónsul de la Bætica, acerca de los pulpos, y publicados por Trebius Niger, que era de su séquito… Los demás casos que este autor narra han de ser interpretados mejor como prodigios. Cuenta que en los viveros de Carteia había un pulpo que acostumbraba a salir de la mar y acercarse a los viveros abiertos, arrasando la salazones…, lo que excitaba la indignación inmoderada de los guardianes por sus hurtos continuos. Unas cercas protegían el lugar, pero las superaba trepando por un árbol; no se le pudo descubrir sino por la sagacidad de los perros, que lo vieron una noche cuando regresaba al mar. Despertados los guardianes, quedaron asombrados ante el espectáculo, en primer lugar por la magnitud del pulpo, que era enorme; luego porque estaba por entero untado de salmuera, despidiendo un insoportable hedor… Hizo huir a los perros con su aliento terrible, azotándolos unas veces con los extremos de los tentáculos o golpeándolos con los fortísimos brazos, utilizados a modo de clavas. Con trabajo se lo pudo matar a fuerza de tridentes. Se mostró a Lucullus su cabeza, que tenía el tamaño de una tinaja capaz de contener quince ánforas; repitiendo las expresiones del mismo Trebius diré que sus barbas difícilmente podían abarcarse con ambos brazos y que eran nudosas como clavas, teniendo una longitud de treinta pies. Sus ventosas eran como orzas, semejantes a un lebrillo; los dientes eran de la misma proporción. El resto del cuerpo, que fue guardado por curiosidad, pesaba setecientas libras. El mismo autor asegura que en estas playas el mar arroja también sepias y calamares de la misma magnitud.»

Pulpos gigantes o el mítico Kraken del cual se han ido encontrando evidencias de una especie de cefalópodos residentesene profundidades abísales de los cuales se han detectado y capturado en longitudes superiores a los 12 y 15 metros. En 1887 en Nueva Zelanda se capturó un calamar hembra de 18 metros de longitud. Esos datos no serían del interés de Cunqueiro. Va más allá, le interesa cómo el gallego que, con precaución en el decurso de los siglos, ha visto con buenos ojos el mar en pleno siglo XX ve y vive cuando vino el Monte Urquiola (en 1976), “se rasca contra un bajo a la entrada de La Coruña y todo lo que el gallego dejó de soñar de las babas de Leviatán ahora está ahí, ensuciando el mar de los ártabros, destruyendo la población marina y batiendo contra las rocas y llenando de pichilos arenales”. Y ya en ese año,1976, Cunqueiro señala un Leviatán asolador y profetiza, sin querer, el nuevo Leviatán que encarnó el Prestige.

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