Literatura,politica

Chile: miedo y derrotas en la Barcelona de 1973.

Al final de la calle estallaron varias detonaciones. No estaba claro si eran gases o disparos directamente. La masa la emprendió desde el Paralelo por la Ronda hacia arriba corriendo y retumbaban los gritos de «Muera la dictadura chilena», «Pinochet asesino», «policia asesina». Fue terrible ese 1973 llevábamos en el cuerpo y en el alma magulladuras considerables. En marzo asesinaron a Manuel Fernández Márquez en la térmica del Besós. Quien escribe era delegado de clase de la EMAV. Escuela de Medios Audiovisuales. El director José Serra Estruch (empleado de la Diputación franquista) nos negó el derecho a hacer una asamblea. Lo encerramos en su despacho y celebramos la asamblea. No pudimos volver a la escuela, trató de dar los nombres a la policia pero no tenia las actas de las votaciones porque las rompimos. Hoy lo encontrareís en Internet como un nacionalista precursor de la enseñanza audiovisual en Cataluña.

Al día siguiente un compañero de célula es detenido y torturado extensamente. Nos disolvemos, perdemos nuestro grupo de relación y militancia, sálvese quien pueda! Y todos a través de contactos de delegados de institutos convergemos en una manifestación de más de 500 personas que se inicia en la plaza del Molino a la mañana siguiente del golpe de estado en Chile y del asesinato de Salvador Allende. Chile ha sido un dolor para todos los que militamos entonces. La represión desencadenada, la dictadura asesinando sin ton ni son, cortando las manos a Víctor Jara; la verdad es que Chile era el recordatorio de lo que aquí en España podía pasar. Desde junio teníamos un militar presidiendo el gobierno: Luis Carrero Blanco y corrían muchos rumores de una pinochetada en España con la excusa del terrorismo. ETA ayudó lo suyo haciéndolo saltar por los aires en diciembre del mismo año. Volvamos a aquella manifestación!

 Aparecen los cuerpos especiales de la policia armada dando tortazos por todas partes. Estamos casi acorralados en un portal, las tiendas ya han cerrado sus persianas, pero junto a nosotros se abre la puerta de la cerveceria Bohemia. El camarero Ramón grita desde dentro: «Chavales aquí!» y les enlazo con el texto que le dediqué en 1973. Ese año en que dos cosas me hicieron llorar, la detención y tortura de mi amigo Miquel y la lectura en la revista Triunfo de como se desarrolló el entierro de Pablo Neruda. Hoy disfruto viendo tanta alegría en las alamedas y en todo Chile, la historia se merece esos hechos.

En 2013 me acordé de ese día:

«Tal vez sea ya material para mis memorias, pero déjenme citarles un camarero de la cervecería Bohemia de Barcelona. Un hombrón profesional, un rey de la sala que nos guardaba siempre una mesa en el ángulo más lejano de la puerta. El hombre que sabía demasiado de nuestros trasiegos políticos clandestinos y nos acogía sempre con una sonrisa espléndida sin dejarnos de largar la broma más estulta. A las horas en que solíamos reunirnos el salón, de escasa luz, era un lodazal de parejas sospechosas de vínculo relativamente legal. La proximidad del barrio Chino barcelonés y el hecho mismo de su poco ambaje de vatios le hacían un lugar proclive al besuqueo y a la insinuación. Nosotros no, eramos simples estudiantes y currantes pretendidamente vestidos de «pijos» de la época que hacíamos nuestras reuniones de célula.

Fue un 12 de septiembre de 1973 cuando el camarero pasó a los altares de nuestra excelencia. Apenas a doscientos metros de la cervecería saltó una manifestación espontánea contra el golpe de estado asesino de Pinochet en Chile. Pero alguien se había chivado y las fuerzas especiales de la Policía Nacional franquista empezaron a repartir estopa sin dilación. Lanzamos sillas a la calle, contenedores, interrumpimos el tráfico de la Avenida del Paral.lel. Les lanzamos de todo parapetados una cincuentena de personas, empezaron a disparar balas de goma. Huímos Ronda arriba cuando ante nosotros justamente se abrió la persiana y apareció él, Ramón, nuestro ángel de la guarda particular. Esperó el paso del tumulto y nos llamó con un gesto: «Chavales, aquí». Dejó entrar a dos chicas llorosas y a nosotros temblando de miedo. Aquel día Ramón nos volvió a salvar de una buena. Días atrás nos dijo que había «calamares recien rebozados», significaba que había policía secreta en el local. Con las décadas se cerró el local, no sé que habrá sido de Ramón, yo ya no soy nada clandestino, de momento, y siempre cuando visito un bar o una cafetería mantengo los tics de entonces, de cara a la puerta, cerca de una salida y escudriño camareros deseando que aparezca Ramón.»

Post completo

También puede gustarte...

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.