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Texto de Rafael Sánchez Ferlosio. La abuela de Alfanhuí…

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La abuela de Alfanhuí vivía en un segundo piso al que se entraba por un patio. El patio estaba separado de la calle por una tapia y una portona y cercado de casas, por los otros tres lados. A la derecha, había una escalera estrecha de piedra que tenía una barandilla de hierro y una parra de moscatel. Al final de la escalera había un descansillo, largo como un balcón, cubierto también por la parra. A la derecha se abría una puertecita baja y allí vivía la abuela. El cuarto era de techo bajo, con un encalado muy viejo y lleno de liquen. Enfrente de la puerta había una ventana chiquita. El lecho de la abuela era de madera oscura, ancho y largo. La cabecera estaba sobre la pared de la izquierda. Sobre la cabecera había un ramo de olivo. La abuela tenía una mecedora junto a la ventana. La mecedora tenía dos cojines muy aplastados; uno, para el respaldo, y el otro, para el asiento. En el medio del cuarto había una camilla y siete arcas junto a las paredes. Las arcas eran todas distintas y de distintos tamaños. En una esquina había una escoba, y en la otra una palangana con su jofaina y su soporte. Enfrente del ramo de olivo había una escopeta negra en la pared y un reloj grande de bolsillo, colgado por la cadena. El suelo era de baldosines blancos y negros.

La abuela de Alfanhuí incubaba pollos en su regazo. Le solía venir una fiebre que le duraba veintiún días. Se sentaba en la mecedora y cubría los huevos con sus manos. De vez en cuando les daba la vuelta y no se movía de la mecedora, ni el día ni la noche, hasta que los empollaba y salían. Entonces se le acababa la fiebre y le entraba un frío terrible y se metía en la cama. Poco a poco, el frío se le iba pasando y volvía a levantarse otra vez y se sentaba al brasero. Aquella fiebre le entraba hasta diez veces al año. Cuando venía la primavera, todos los niños le llevaban los huevos que encontraban por el campo. La abuela solía enfadarse porque le parecía poco serio aquello de incubar pájaros entre los huevos de gallina.

Pero niños y niñas venían con huevos de todos los tamaños y todos los colores; había huevos pintos y huevos azules y huevos tostados y huevos verdes y huevos rosa. «Éste, para ver de qué pájaro es»; «éstos, porque quiero criar dos tórtolas»; «éste, porque la madre lo ha aborrecido»; «éstos, porque estaban en mi tejado»; «éstos, porque quiero ver qué bicho sale»; «éste, porque quiero tener un pajarito»; el caso es que sobre los quince huevos de gallina o de pato que solía incubar la abuela, se le juntaban a veces hasta cincuenta de aquellos huevos primaverales y multicolores sobre su negro regazo: —¡Engorros, engorros! Eso es lo que traéis. Gritaba la abuela. Pero el revuelo de verdad se formaba a los veintiún días. A las once de la mañana, la escalera y el descansillo se llenaban de niños y de niñas que esperaban a que la abuela abriera la puerta y diera sus pájaros a cada cual. La abuela se hacía esperar mucho y los niños jugaban y gritaban por el patio y por la escalera.

Y había falsas alarmas cada vez que oían a la abuela moverse dentro del cuarto. «¡Ya abre!, ¡ya abre!», y la espera no se acababa nunca. Por fin, hacia mediodía, la abuela abría la puerta. Todos se apiñaban en la entrada y se pegaban por ponerse los primeros. La abuela se acordaba del huevo de cada cual y no se equivocaba nunca. Los niños se quedaban en el dintel y la abuela empezaba a entregar los pájaros: «Aquí tienes tus tórtolas»; «el tuyo era de cuclillo»; «el tuyo de tordo»; «el tuyo de vencejo»; «el tuyo de pardal»; «del tuyo han salido culebras» y el niño ponía las manos y se llevaba cinco culebritas negras.

Porque, ¡ay del que no estuviera conforme con lo que salía!, había que llevarse lo que fuera. No había cosa que indignara tanto a la abuela como los caprichos: —¿Te da asco de cogerlas?, pues te aguantas, que yo las he tenido veintiún días dándoles de mi calor. Y seguía: «los tuyos, de zorzal»; «el tuyo, de jilguero»; «en el tuyo, lagartos». Pronto se formaba allí con lo que había recibido cada cual, como una bolsa para intercambio. Y si uno quería alondra y no le había salido, buscaba a uno que la tuviera y le proponía el cambio. Y se armaban riñas y revuelos. Y la abuela se volvía a enfadar y les gritaba: —Bueno, aquí no me arméis cambalaches. ¡Hala, a la plaza! Pero era inútil. «El tuyo no tenía nada, estaba huero», le decía a lo mejor a una niña con un gran lazo blanco en la cabeza, y la niña se iba llorando desconsolada, con su cestito vacío.

Pero la abuela no se enternecía. Al terminar, volvía a enfadarse; después de haberlos incubado veintiún días con tanta paciencia, la abuela se indignaba: —¡Y no volváis más! ¡Nunca más! ¡Todos los años con la misma historia!, y luego no os acordáis nunca de la abuela, ni la traéis un mal dulce, ni la venís a ver. ¡Fuera, fuera! ¡El año que viene ya veréis! Pero «el año que viene» por la primavera, la abuela estaba muy alegre de estar viva todavía.

Y se repetía la misma historia. La abuela era larga y flaca. Tenía el pelo blanco y no lo peinaba nunca. La abuela se vestía de negro y tenía una carcoma en la pantorrilla. La carcoma le iba comiendo el hueso y rechinaba por la noche. Pero la abuela tenía la tibia tan dura y tan seca, que la carcoma no acababa nunca. Se untaba la espinilla con un trapito mojado en una preparación de tomillo y ciprés y la carcoma se dormía. Por eso tenía la abuela la pantorrilla toda verde. La abuela no salía nunca, pero todos iban a visitarla. El piso de abajo también era suyo y lo tenía alquilado. Aquellos vecinos le hacían la comida y la cuidaban. Esta era la vida que hacía todo el año la abuela paterna de Alfanhuí, la que incubaba pollos en su regazo y tenía una parra de moscatel y no se moría nunca.

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