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Febrero en París: Resiguiendo antiguos mitos.

Volver a pisar París siempre me lleva tres palabras concretas al deseo: Louvre, Quai d’Orsay y Montmartre. Es algo injusto, pues la gran ciudad de la luz cuenta con maravillosos lugares. Los Elíseos, la Opera, Campo de Marte, Eiffel, La Vilette, Notre Dame… pero reencontrarse con los tesoros del Louvre me sigue pareciendo lo más excepcional del mundo. Son mis cromos y son las imágenes de las pocas cosas que me interesaron en la escuela. Asiria, Babilonia, la mítica Tebas, los misterios egipcios. Un abanico de civilizaciones por los que transitabas a trastabillazos en la escuela y que luego contemplabas con pasión en esos álbumes de Vida y Color o de cualquier tema.

El París de mi post adolescencia es el de Paco Ibáñez, Fernando Arrabal y el exilio español, con olor a poesía y a derrota republicana, pero con el fuego de la resistencia y el lejanísimo deseo de que tal vez todo cambiaría a la muerte del tirano. París un paradigma de la libertad. El París de la literatura con libros como La leyenda del Santo Bebedor, París era una fiesta o esa catedral que construyó Cortázar para albergar La Maga que aún a veces pienso que la encontraré en un pasillo del metro. Como le sucedió a Cortázar treinta años después de haberla descrito en el celestial Rayuela. Pero si algo me hace extraviarme es el maravilloso Quai d’Orsay con sus impresionistas, es una necesidad volver de año en cuando y saber que estan ahí.

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