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Gotas de Letras : «Los días sin hambre» de Delphine de Vigan.

Anteriormente les he hablado de esta autora francesa que en 2001 publicó la que era su primera novela. El relato que Laure hace en su diario de un cuerpo al borde de la muerte, un cuerpo vaciado que se hiela de frío durante sus primeros días en el hospital, con sus treinta y seis kilos de peso y su metro setenta y cinco, es verosímil y perturbador.

Desde las primeras líneas de la novela el lector se sumerge en la historia sobrecogedora de una verdadera metamorfosis. Acompaña a la joven a través de su recuperación y de su aprendizaje: volver a comer es aprender a ingerir los alimentos pero, ante todo, a sentirse poseedora de un cuerpo susceptible de despertar el deseo del otro.

Delphine de Vigan, la escritora, era en realidad la protagonista, narrando sus ingresos hospitalarios. Hoy todo lo relacionado con la anorexia suele colocarse en la casilla de las jóvenes arrastradas al torbellino de un cuerpo tentador y que se precipitan a un abismo psíquico en el cual las consecuencias físicas juegan con la muerte. Pocas veces se habla, si no es desde la psiquiatría del siglo XX, del conflcito con integrar el alimento. La patologia puede desencadenarse desde un conflicto en el que se niega lo que da la madre: el alimento que acompaña un fuerte deseo de «vaciarse» o una fuerte llamada hacia el interés del padre; o la negación aotodestructiva de lo que le ofrecen ambos. Es limitante concluir que consumo y capitalismo ayudan a crear esa patologia.

El relato que Laure que entonces contaba con diecinueve años, hace en su diario de un cuerpo al borde de la muerte, un cuerpo vaciado que se hiela de frío durante sus primeros días en el hospital, con sus treinta y seis kilos de peso y su metro setenta y cinco, es verosímil y perturbador. Desde las primeras líneas de la novela el lector se sumerge en la historia sobrecogedora de una verdadera metamorfosis. Acompaña a la joven a través de su recuperación y de su aprendizaje: volver a comer es aprender a ingerir los alimentos pero, ante todo, a sentirse poseedora de un cuerpo susceptible de despertar el deseo del otro.

Delphine de Vigan

Se traga cada bocado diciéndose que podría perfectamente no hacerlo, que mantiene íntegra su voluntad. Busca las pruebas de su fuerza intacta, pararé cuando quiera, cuando haya cogido fuerzas, apenas bastante para sobrevivir:» Volveré a salir a las calles y me atiborraré comiendo migas. Come para salvar su cuerpo, porque no quiere morir. Conoce ahora, de fuentes científicas, el umbral por debajo del cual está en peligro. Basta de llegar hasta allá y mantenerse en aquel peso, con un pie al plato y el otro al barreño de la basura.»

No hay nada de sensacionalista, pero la crudeza asola en muchos momentos al lector. No obstante hay un ritmo serpenteante en el que vas detectando instantes, certezas optimistas, visiones lejanas reflexionadas por la autora, que te hacen encender una esperanza a medida que avanza su proceso. El mundo hospitalario al detalle, los distintos tipos de pacientes, las estrategias, los pactos desde la óptica de una mujer que dispne de miles de horas para observar. Uno de los doctores le explica historias para motivarla y hacerla reflexionar. La intensa relación de transferencia con el doctor Brunel es otro punto vital de despegue.

«Había una vez una niña que se pasaba todo el día leyendo, subida a los árboles. Un día, la gritan para cenar, pero ella no quiere bajar. Se hace de noche, pero no tiene miedo. En la lejanía, se siente el trueno; en la lejanía los rayos rasgan un cielo claro. Es la historia de una niña en equilibrio sobre una rama y que ya solo come libros. Inventa para ella, vacila un poco al escoger las palabras, porque las palabras a veces resultan demasiado pesadas. La niña se queda allá arriba durante días y días, la gritan, le suplican, llevan escalas y taburetes, le prometen cintas y pianos, le prometen la luna. Él narra sin mirarla, busca a su propio interior la magia de los cuentos al amor de la lumbre, la dulzura perdida de la infancia. Ella espera. Llora en silencio. Es la historia de una niña que mastica papel, páginas y más páginas. Pronto, todo su cuerpo se vuelve gris, la lluvia le deja rastros de tinta a la piel…»

Es un libro fantástico, que si bien tiene su origen en una dura enfermedad en realidad es la historia de un renacimiento maravilloso y lo hace con esa claridad propia de quienes escriben después de salir del infierno.

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