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Ricardo Piglia: Los diarios de Emilio Renzi. Un mundo de vida y literatura.

Ricardo Piglia y sus diarios me han acompañado en los últimos diez meses. Por encima o por debajo de otras lecturas la vida de Emilio Renzi ,en formato Emilio Renzi, se ha colado en la trastienda de mis anaqueles mentales. Cierto que para querer a Renzi hace falta una dosis de argentinismo. Nunca entendido como algo pasional o patriotero pero si como admiración y curiosidad de esa forma de ser argentina, de esos lugares, de esa cultura crisol de migraciones y de tanta mitologia que tenemos muchos europeos de su literatura. Los 327 cuadernos escritos por Ricardo Piglia, del cual Emilio Renzi es alter ego, dividen la obra en tres volúmenes. ¿De dónde surge Renzi? De un juego de espejos que arranca del nombre completo del autor: Ricardo Emilio Piglia Renzi. Y ahora lo lleva un paso más allá con estos diarios que publica Piglia y firma Renzi. El autor vuelve la vista atrás y rescata los diarios escritos a lo largo de más de medio siglo, entre 1957 y 2015, a los que se incorporan también algunos relatos y ensayos directamente vinculados con ellos. Este monumental proyecto se publicó en tres volúmenes: Años de formación, Los años felices y Un día en la vida. El primero arranca con apenas deciocho años y el último concluye poco antes de que la muerte ejecute su deuda.

“En un momento, una tarde cualquiera, se había dado cuenta, le decía Renzi a su médico personal, de que su dolencia pasajera era el resultado de los meses y meses que había dedicado a leer y a escribir sus diarios, hay muchas maneras de ser afectado y enfermar, y estaba seguro de que la exposición prolongada a la luz incandescente de su estilo le había provocado primero leves molestias, pero, como siguió adelante, la persistencia en una exposición de su cuerpo al brillo inigualable de la lengua argentina tenía, le dijo al médico, que producir efectos no deseados. La lengua argentina producía, como cualquier remedio o pharmacon o pócima mágica, sus contraindicaciones. No era sólo él, doctor, le dijo Renzi a su médico, el que había padecido en su cuerpo la presencia de su estilo al escribir, conocía otros casos, por ejemplo Borges, que quedó ciego. Por ejemplo Roberto Arlt, que murió de un síncope a los cuarenta y dos años. Tenía solamente cuarenta y dos años, pero cuando le hicieron la autopsia, los facultativos aseguraron que era imposible que ese hombre hubiera tenido esa edad, porque su cuerpo era el de una persona de setenta años, dijeron los facultativos luego de revisar el cuerpo muerto de Roberto Arlt.

“Como mi padre era médico, un consultorio era un lugar familiar para mí, me sentía cómodo junto a la camilla, la balanza que mi padre usaba para pesar, desnudos, a sus pacientes, las luces y aparatos, los rayos X, las radiografías, así que me sentía a mis anchas en el consultorio, conversando con mi médico de cabecera sobre la literatura y las enfermedades. El doctor Andrade era un gran clínico, es decir, que revisaba personalmente a los enfermos y no los abrumaba con análisis todo el tiempo, tomografías computadas y otras supersticiones científicas por el estilo, que sólo sirven para sacarles dinero a los pacientes y sobre todo para sacárselos de encima. Él, en cambio, conversaba con los enfermos, los escuchaba, leía en sus cuerpos los signos del mal. «El mejor instrumento de la medicina es la silla, porque ahí el paciente puede sentarse y hablar», decía. Así que le conté mi vida, le hablé de mis cuadernos, de los años que pasé expuesto al brillo perturbador de la lengua materna, así hablé con él una tarde en su consultorio. La afección se había manifestado primero en su mano izquierda y luego le afectó la pierna izquierda, y su médico, el doctor Andrade, luego de escucharlo atentamente, le aconsejó que por un tiempo abandonara sus cuadernos y sus notas y que saliera a caminar al aire libre e hiciera vida sana.”

“Anoche visita de Héctor G. Recuerda el esplendor del mayo en París, la invención, la alegría; ahora aquí la opacidad lo aplasta, lo entierra como a todos nosotros. No hay lugar para las bellas generalizaciones, aquí todo es política, la literatura es tan remota como el pasado mismo. Entre ganarnos la vida y sacarnos de encima la realidad, se nos va la juventud.”

Desde los años jóvenes de finalizar estudios y debutar como profesor universitario hasta llegar al fin de sus días la vida del autor es centrarse en la literatura. Es un minero que horada buscando un lugar en silencio donde escribir e inspirarse y que teme a los días en blanco como al grisú que manda la muerte invisible por el aire. Pero Renzi cabalga siempre entre la tertulia literaria breve, unas copas y las mujeres que conoce en aquel Buenos Aires aún disoluto y de insospechada dictadura.

Junto a ello y pese a parecer en el primer volumen un animal literario Renzi nos va humedeciendo de ese Buenos Aires de sus tipos, sus locales y su cohorte de saludados y compartidos polemistas u opinadores. Pese a girar siempre en órbita literaria hay un cambio que asoma lentamente , que apabulla y adormece. Las dilaciones peronistas y el golpismo acaban engordando la hiena militar que hará estragos en su entorno y que lo retrotraerá a la dura experiencia dictatorial. Una situación que puede aligerar con sus viajes, conferencias y clases en el extranjero. Pero la mancha sangrienta de la dictadura lo emponzoña todo.

“El tuerto sacudía la cabeza diciendo que no había dicho eso, pero nadie le hacía caso. El peronismo es así, pensó Renzi, alguien dice dos frases y todos entienden lo que les parece y lo repiten como palabra sagrada. Había pasado cuando Perón estaba lejos, cada uno escuchaba sus palabras sentenciosas y huecas y las traducía en consignas políticas que beneficiaban a su fracción.”

Al margen del recorrido vital del autor los tres volúmenes tienen un acentuado tono de máquina sugerente de reflexiones literarias. Eso es lo más sobresaliente de la obra y es un motivo fuerte de atracción. Toda una vida dedicada a las letras y consignada no solo en publicación, sino convertida en artículos y análisis que empiezan en los diarios y obligan al lector a detenerse ya que bajo la forma, aparente, de frases breves atropelladas por el diario mismo se esconden aportaciones eruditas. La extensión de la obra produce en el lector un cierto temor a acabar el último diario y encarar esa dura página en la que ya advierte lo que viene justo en el momento en que ya no puede escribir más.

Un buen resumen de la tarea de publicar los diarios

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