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Svetlana Alexiévich y las voces de una Nobel memorable. Premi Internacional Catalunya


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Svetlana Alexiévich asegura que no siente respeto por “el mundo ruso de Stalin y Putin”. “Respeto el mundo ruso de la literatura y la ciencia, pero no el mundo ruso de Stalin y Putin”, dijo durante la primera rueda de prensa concedida tras ser reconocida con el Nobel de Literatura. “Tampoco me gusta ese 84 por ciento de rusos que llama a matar ucranianos”, señaló la escritora que nació en 1958 en el oeste de Ucrania. La escritora confesó que quiere “mucho” a Ucrania y recordó que estuvo en la revolución que tuvo lugar el pasado año en Kiev en la que fue derrocado el presidente, Víktor Yanukóvich. “Estuve en (la plaza) Maidán y he llorado ante las fotografías de la centuria celestial”, los ciento caídos en la revuelta popular de febrero de 2014.

Alexiévich no quiere moverse nunca más de Minsk. Volvió a la ciudad hace un poco más de tres años, tras doce de exilio en ciudades como Berlín, Gotemburgo o París, a causa de sus escritos, muy críticos con el poder político, que provocaron un hostigamiento oficial que la forzó a marcharse. Ahora vive en Bieolurrusia, pero a salvo de nada, el gobierno de Lukaschenko se hace el «liberal» con ella, pero no parece que sea por mucho tiempo.

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Esta mujer lleva 25 años hostigando la memoria soviética. En el caso ruso se trata de explicar aquella voz oscurecida, de darle relieve a los que no hablan, a los que nunca salen, a los que se amenazó de que pudieran dar opinión. La obra de esta autora, en la cual llevo sumergido ocho meses, me parece incomensurable. Si lo es para nosotros desde occidente para un ruso puede ser una bendición o un atentado. Porque de su lectura, pese a todos los matices, uno concluye que la sociedad soviética tiene el cáncer del totalitarismo comunista que la asoló y junto esa metástasis conviven células dispersas que unidas nos hablan de otro país, que no existia escrito.

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Por ello adquiere aún más relieve su trabajo de documentación basado en entrevistas personales. Miles de rusos han pasado por delante de su cuadernillo y de su grabadora. Créanme si les digo que sus libros estremecen. A veces dan miedo, algunas pueden hacer llorar y otras hacen llorar de amor. Tal cual y máxime en esta época de documentales espectaculares sentarse delante de sus páginas es una ventana de vida que se escribe para el lector.

Chernobyl y sus voces aparecen en una dimensión casi apocalíptica. La estupefaacción de una generación pensada para enfrentarse a la guerra, a la invasión nuclear… Y la atroz evidencia : no hay enemigo en Chernobyl, el «enemigo» es tu marido, tu mujer embarazada, tu hermano que se decide a bombardear con cemento el reactor sabiendo que morirá pronto… pero cobrará el triple. El médico te dice que hay que procurar que tu madre muera ya pues es un reactor vivo. Terrible realidad: hospitales enormes desaparecidos con todos sus pacientes y personal, entierros rápidos sin familiares, evacuaciones engañosas.

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Especialmente llama la atención la diversidad de personas, profesiones e ideologías que pasan por su cuadernillo. La forma de ser rusa, su cultura, la impronta de las décadas comunistas, la confusión de la nueva era del país con Putin. Es un reguero de testimonios que te hace estar sentado en la cocina de Svetlana Alexiévich, casi hirsuto, callado y tratando en silencio respetuoso de transmitir al hablante una mano invisible donde pueda descargar su dolor. A veces temes seguir y tienes miedo a quién vendrá y a lo que cuente. Pero luego admites que conocer, saber, es un ejercicio que pone las tripas en cierto riesgo. Vale el esfuerzo.

Publicat l’any 2016

 

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